Ricardo se está bañando, las niñas fingen estar aun dormidas en el otro cuarto, la música del cuarto de baño vibra armónicamente
entre el aire matutino y las blancas paredes de la alcoba. Marina está ahí, aun acurrucada
entre las sábanas blancas donde por casualidad su joven esposo ha
dejado el celular nuevo. – Vaya invento del hombre, piensa ella entre sueños y toma
el aparato - Ahora resulta que hasta televisión por cable
puede tener un aparatito de estos.
Es entonces cuando mientras ella explora aquel gadget recién adquirido, entra un mensaje al celular, y con voluntad inconsciente
Marina lee el contenido. Hubiera querido gritar – ¡Ricardo, Acaba de llegar un mensaje creo que es de la oficina…! pero cuál habría
sido el contenido de éste si en lugar de hacerlo, Marina simplemente se
quedó callada, luego se puso la bata blanca, y con
sus cabellos largos y negros se dirigió a la cocina, con mesura hizo café, pan tostado con mermelada, té con leche, huevo cocido, algo de fruta picada, lo que consideró suficiente para que las niñas, fueran alimentadas al colegio.
Luego despidió a los tres, se encerró en su casa e
inexplicablemente comenzó a inventar escenarios para morir.
Después de ese día Marina ya no volvió a hablar , a nadie, sino hasta
aquel día en que estando vestida de blanco me contó todo, pedacito por pedacito, hasta entender lo
del mensaje en la pared, aquel mensaje altisonante que simplemente
decía “Chinga a tu madre”, un recado que ella firmó y que puso frente a
la mirada de Ricardo al momento de abandonarlo, y abandonarlas.
Marina me contó primero lo del día de la boda, de
lo blanca que era la piel de Ricardo y de cómo le fascinaba ver su propio cuerpo moreno junto al de él. Luego me contó que se le hizo raro que en
la fiesta hubiera una mujer tan blanca vestida de entallado vestido
verde, una que con nadie hablaba, sólo con Ricardo – a lo mejor fue
ella la del mensaje en el celular, me dijo.
También me contó de lo terrible que se siente
cuando te quieres morir, y te das cuenta de lo terrible que resulta no
poder decidir sobre algo tan aparentemente fácil como la forma y el
lugar donde será tu muerte. Y es que Marina, después de ver el mensaje
en el celular, no deseo otra cosa más que quitarse la vida.
Me contó entonces de sus múltiples intentos ensayados en una sola mañana. –
No, si morirse no es tan fácil, hay que preparar el escenario, ver con
qué instrumentos se cuenta. Imaginarte cómo
quieren que se enteren de tu suicidio, si
porque alguien les avisa, porque abren la puerta del baño y te ven,
porque les mandaste un correo un día antes… - ver por ejemplo, si
quieres que tu cuerpo quede regado, o escurriendo, o
aventado - si te quieres ver bonita para que todos te
recuerden así, o fea, para vengarte de todos los momentos y te sueñen
así para siempre, con un ojo botado, con la lengua de fuera o qué se yo…
- pero sí, morirse una misma, no es fácil.
Luego me platicó de sus escenarios, de los
imaginados y de los creados. Y es que cuando Ricardo se fue a su trabajo
y las niñas dejaron la casa en un absurdo silencio, Marina comenzó a
idear sus artilugios.
- Primero fui a la cocina y miré el cuchillo, no
soy muy fuerte pero podría ser un buen lugar para un ama de casa
comprometida con la hora de la comida y los buenos guisos, pero en el
momento justo dudé ser lo suficientemente fuerte como para morir bajo mi
propia apuñalada
- Luego pensé en electrocutarme en el baño, pero me
pareció demasiado común, a parte, podría parecer un simple accidente y
no tendría sentido
- También pensé en tomar una fuerte carga , sería
poético..
- Consideré luego...