jueves, julio 25, 2013

Escena uno: "El Día en que Conozco a Laura" o "Zapatillas Rojas".

Laura comenzó a observarme cuando de la mano de su padre subió al metro. Ese día  traía una  camisetita Von Duch  y los tenis rosa pastel que le habían regalado en su cumpleaños, lo que  combinaba exquisitamente con su mirada oscura y el flequillo que días antes le habían diseñado en algún salón de belleza de domicilio ahora no recordado. 

La niña se recargó en el tubo del vagón de metro con destino a cuatro caminos,  el mismo que era cómplice de aquellas voces agotadas que pensaron en cederle el asiento pero que no lo hicieron. Laura las miró en secreto y luego me miró a mi,  curiosa, de arriba a abajo, hasta que sus ojos se detuvieron en los zapatos, en los tacones altos de charol que iban tan bien con mi collar de perlas y con mis manos tercamente  flacas, las manos  que la mañana de ese mismo día colocaron el sombrero, los guantes de terciopelo, el elegante vestido negro; lo que seguramente a la niña le habría impactado tanto, sobre todo por el contrastante juego que hacía con las zapatillas rojo brillante, esas en las que se reflejó sin demostrar sorpresa. 

– Hubiera querido unas así de regalo, pensó Laura, pero nadie supo nunca de aquel deseo.

Laura salió luego del vagón del metro, detrás su padre. Ella me volteó a ver de reojo. Desde entonces Laura y yo nos vemos todos los días, en este mismo vagón. Le gusta reflejarse en mis zapatos. 

jueves, mayo 02, 2013

Otro texto medio terminado. Decisión: suicidio.

Diana y Sergio se conocieron en un café de viejitos de la ciudad de México. Ella traía un suéter azul amarrado a la cintura, un pantalón de mezclilla, la blusa blanca; los cuadernos en un brazo, la bolsa negra en el otro, y tenía esa usual sonrisa que remataba dulcemente a su rostro de negros risos largos.  Sergio estaba sentado en la mesa tomando un café azul cuando ella arribó. La luz era cegadora, lo que tenía de especial encanto la escena.

Ese día comenzó todo, la primera “cita” de trabajo escolar que terminó en más tazas de café para concluir supuestas tareas escolares. Sergio, no supe bien cómo era, sólo recuerdo su suéter, que también era azul, la línea de su espalda bien trazada y su cabello negro, lacio, tan lacio que luego se negaba a tomar su lugar.

Él tenía 24 años, había tenido un par de novias poco simpáticas que terminaban aburriéndolo por la supuesta estabilidad del día a día. Diana, de 23 años, en realidad no había tenido más que un novio, el mismo Sergio, de quién terminó enamorándose por su obsesiva forma de beber café, y por aquélla espalda tan delgada y delineada que le recordaba alguna escultura vista en su niñez.

Sergio y Diana decidieron casarse después de un par de años de relación, una relación de vaivén desequilibrado, desequilibrado como el día aquel en que fueron juntos al cementerio, a tomar fotos, a ver qué se sentía; como el día en que un policía tocó la ventana del auto para acusarlos de cometer faltas a la moral. Ese día Diana murió de risa y de pena, con la blusa aun sujeta al cuerpo y el calor de las yemas de Sergio sobre sus senos. O sin equilibrio,  como el día aquel en el que enojada se bajó del microbús,  dispuesta a terminar la relación justo en medio del tráfico, entre semitas y bonafonts de los vendedores ambulantes. El escenario donde minutos antes Sergio había insinuado cierta infidelidad de Diana.

Ella caminó entonces entre la multitud del tráfico, con su cabello crispado  de odio, un odio inmaculado en demasía que por efecto tuvo a los autos alumbrándola sin claxonazo alguno.

Yo la ví ese día desde la ventana de mi departamento, se veía hermosa, pero algo raro noté en su rostro, no era sólo aquel coraje lo que lo invadía, sino una especie de gusto oculto por descubrirse mirada por la multitud, ahí entre los autos, con su mezclilla ajustada, entre el asfalto y el contraluz de faros y espectaculares. 

Después de aquel día ya nunca la volví  a ver, no supe nada de ella, hasta hoy el día en que su tía Eugenia se acerca a mí y me cuenta que Sergio se ha quitado la vida. Entonces me acuerdo de todo, del día antes a que esto sucediera, del martes aquel, en el que discutieron, precisamente en la casa de la tía, donde solía vivir Diana antes de su inesperado matrimonio. No sé por qué se me había olvidado… 

Aquel día discutieron tanto que Sergio sólo se tapó el rostro con un cazamontañas y se salió. Diana se quedó llorando, pero al igual que la vez que paseo entre los autos, sintió un gusto ilógico por imaginar que alguien o algo la observaba. ¡Vaya gustos...! 

Desde  aquel momento, nadie supo nada de Sergio. Sino hasta la tarde aquella, la del viernes, en que la madre de Sergio busco a Diana le dio la noticia al teléfono y colgó. Diana se volvió entonces insomne, se descompuso en seguida. La sorpresa la cegó por completo, no podía ver nada, se quedó callada; luego lloró hasta que sintió que se caían los ojos. La culpa, por supuesto, la invadió entonces. No quería volver a ver, no quería que nadie la viera. El cabello se le alació de pronto.

Pasados los días, después del entierro, Diana tenía ya a todo un ejército de asesores dispuesto por sus parientes y amigos: psicólogo, médico, la tía Eugenia, la foto de su mamá, el recuerdo de su papá, hasta un paramédico ya estaba a la puerta de su casa.  Sin embargo, un día, justo después de que Diana todavía entre la ceguera inexplicable aun,  anunciara su irreductible decisión. - Tengo que irme con Sergio. Cosa que anunció determinante,  como si hubiera informado que se iría de vacaciones o como sí fuera por un pantalón nuevo. Un silencio frustrante apareció entonces. 

Ahora no sé qué vaya a pasar, no sé en realidad cómo se mató Sergio, qué tuvo que ver el pasamontañas, la discusión del otro día o el hecho de que yo estuviera ahí, como lo estoy ahora, viendo que no ha cambiado de parecer.  Eso me re mata de tristeza.  Los asesores clínicos han ya casi desaparecido, y algo me dice que no obstante todas esas miradas, terminará por hacerlo. Ojalá no lo haga, me daría mucha tristeza. México primero de marzo de 2013.


De los múltiples textos que dejo incompletos. Cuento Suicidado

Ricardo se está bañando,  las niñas fingen estar aun dormidas en el otro cuarto, la música del cuarto de baño vibra armónicamente entre el aire matutino y las blancas paredes de la alcoba.  Marina está ahí,  aun acurrucada entre las sábanas blancas donde por casualidad su joven esposo ha dejado el celular nuevo. – Vaya invento del hombre, piensa ella entre sueños y toma el aparato -  Ahora resulta que hasta televisión por cable puede tener un aparatito de estos.
Es entonces cuando mientras ella explora aquel gadget recién adquirido, entra un mensaje al celular, y con voluntad inconsciente Marina lee el contenido. Hubiera querido gritar – ¡Ricardo, Acaba de llegar un mensaje creo que es de la oficina…! pero cuál habría sido el contenido de éste si en lugar de hacerlo, Marina simplemente se quedó callada, luego se puso la bata blanca, y con sus cabellos largos y negros se dirigió a la cocina, con mesura hizo  café, pan tostado con mermelada,  té con leche, huevo cocido, algo de fruta picada, lo que consideró  suficiente para que  las niñas, fueran alimentadas al colegio.
Luego despidió a los tres, se encerró en su casa e inexplicablemente comenzó a inventar escenarios para morir.
Después de ese día Marina ya no volvió a hablar , a nadie,  sino hasta aquel día en que estando vestida de blanco me contó todo, pedacito por pedacito, hasta entender lo del mensaje en la pared, aquel mensaje altisonante que simplemente decía “Chinga a tu madre”, un recado que ella firmó y que puso frente a la mirada de Ricardo al momento de abandonarlo, y abandonarlas. 
Marina me contó primero lo del día de la boda, de lo blanca que era la piel de Ricardo y de cómo le fascinaba ver su propio cuerpo moreno junto al de él. Luego me contó que se le hizo raro que en la fiesta hubiera una mujer tan blanca vestida de entallado vestido verde, una que con nadie hablaba, sólo con Ricardo – a lo mejor fue ella la del mensaje en el celular, me dijo. 
También me contó de lo terrible que se siente cuando te quieres morir, y te das cuenta de lo terrible que resulta no poder decidir sobre algo tan aparentemente fácil como la forma y el lugar donde será tu muerte. Y es que Marina, después de ver el mensaje en el celular, no deseo otra cosa más que quitarse la vida. 
Me contó entonces de sus múltiples intentos ensayados en una sola mañana. – No, si morirse no es tan fácil, hay que preparar el escenario, ver con qué instrumentos se cuenta.  Imaginarte cómo quieren que se enteren de tu suicidio, si porque alguien les avisa, porque abren la puerta del baño y te ven, porque les mandaste un correo un día antes… - ver por ejemplo, si quieres que tu cuerpo quede regado, o escurriendo,  o aventado -  si te quieres ver bonita para que todos te recuerden así, o fea, para vengarte de todos los momentos y te sueñen así para siempre, con un ojo botado, con la lengua de fuera o qué se yo… - pero sí, morirse una misma, no es fácil.
Luego me platicó de sus escenarios, de los imaginados y de los creados. Y es que cuando Ricardo se fue a su trabajo y las niñas dejaron la casa en un absurdo silencio, Marina comenzó a idear sus artilugios.
-       Primero fui a la cocina y miré el cuchillo, no soy muy fuerte pero podría ser un buen lugar para un ama de casa comprometida con la hora de la comida y los buenos guisos, pero en el momento justo dudé ser lo suficientemente fuerte como para morir bajo mi propia apuñalada
-       Luego pensé en electrocutarme en el baño, pero me pareció demasiado común, a parte, podría parecer un simple accidente y no tendría sentido
-       También pensé en tomar una fuerte carga , sería poético..
-       Consideré luego...

unas citas del pájaro que da cuerda a mundo. Murakami.

La fuerza del destino normalmente sólo coloreaba, de forma monónota y silenciosa, el borde de su vida, como un sonido de fondo grave. Era raro que le recordara su existencia. Pero, en algunos casos (no podía saber cuáles porque no parecía seguir pauta alguna)m esa fuerza aumentaba y lo conducía a una renuncia profunda parecida a la parálisis. P. 756

… desde muy pequeño, jam{as tuvo la sensación real de haber tomado por propia iniciativa, una resolución. Sentía que era el destino quien, a su antojo, le hacía tomar una decisión. Aunque pensara, en primer lugar, que había tomado una resolución por propia voluntad, más tarde acababa por darse cuenta de que una fuerza externa le había hecho decidir de ese modo. Simplemente se había puesto el hábil disfraz del “libre albedrío”. P. 756

Como había pensado siempre el veterinario el libre albedrío del hombre no existía. Las personas eran como muñecos a los que se les había dado cuerda por la espalda y puesto encima de la mesa, condenados a seguir un camino, obligados a avanzar en una dirección. P. 778
El mundo cada vez fue eruptando con más fuerza lo que no le servía. Eruptó por ejemplo a los grandes reptiles, a los mostruos antedeluvianos, hombres con cara de pez, a las niñas de cabello feo, incluso a los enamorados de las playas nudistas.


Rosario se miró la sombra del ojo y vió cómo se le corrían de tristeza los azules, el gris permanente, la línea negra.  La culpa había sido del sueño de la noche anterior, aquel en el que su padre la había recriminado. - Rosario, !por qué no sabes guisar el arroz rojo! le dijo sin sentido ni culpa por la carente educación gastronómica de su hija.

Pero Rosarío sí se sintíó culpable, por aquel hecho que ilógicamente había provocado el entierro injustificado de un maniquí, ahí afuera en el jardín. Ella sabía no que no había relación alguna entre ambos hechos, aun más que sólo se trataba de sueños, pero una angustia incómoda apareció desde ese día, todas las mañanas al mirar sus ojos azul-gris, recordaba la piel falsa llena de tierra granulada, y el reproche de su padre. 

Una mañana, antes de mirarse al espejo, Rosario decidió que tendría que abandonar su casa. Iría al centro, y se olvidaría de todo, de la tierra, de los espejos, incluso de su almohada, la misma que la acompañó en sus sueños desde los primeros años y en su ardiente juventud. Pero sobre todo, decidió que tenía que aprender a cocinar el arroz rojo.

Del maniquí enterrado, de eso ya nadie se acordó jamás.


Asterion.

El laberinto y las múltiples escaleras reflectadas sólo me recuerdan lo difícil que desde la infancia me ha sido cuajar con el contexto. No es que sea una mala persona, de hecho, paradójicamente  otros elementos me han aturdido risueñamente lo buena persona que soy. No obstante al argumento, a las caras sonrientes, gustosas o quizá hasta condescendientes, han sido despreciadas por mí al momento de emitir su voto. Sin embargo sé que estas son "subjetivadas", pues de lo que se trata es más bien de un tema harto científico, de aquel que tiene que ver con los espejos, especialmente por aquel que tengo por rostro. Éste que no logra reflejar el rostro de quien me mira, de los compañeros de trabajo, de los amigos lejanos, ni de los primos, ni de los abuelos olvidados, menos de los vecinos; éste en el que al asomarse se asustan por no mirarse o porqué simplemente  no logro reflejar coherentemente los rostros sobre el mío, o peor, por no reflejar nada. A ese tema de los espejos  le debo que desde el inicio haya sido imposible liarme con la enredadera de sobre el suelo o la de sobre las cabezas, o todas las madejas que se atoran entre los pies mientras  uno vuelve o avanza. Básico, fácil, simbólico, manifestación de la astucia social, pero nunca lo he logrado.  Pero ahora mismo  sé que no dependió de mi,  sino de que un redentor o un mounstro maldito no ha hecho su trabajo, el de reivindicarme con los espejos o el de sacarme de aquí.

domingo, mayo 06, 2012

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La felicidad en forma de aliento alcohólico brotó extrañamente de tu boca, nunca había sucedido, pero esa vez era tan dulce la nostalgia y tan claro el amanecer que no me importó. Más al contrario disfruté armando un consuelo de alka-seltzer y aspirinas para que durmieras mejor. Eran quizá ya las dos de la mañana en Berlín, y estábamos justo en la víspera de tomar el vuelo hacia la ciudad Luz, en el Das Hotel Hoppengarten.

Después de algunos arreglos me metí en la cama, junto a ti, tenía la ropa térmica y el miedo fluctuante en la garganta, - tal vez este dolor de garganta me lleve por caminos inusuales, que me harán arrepentirme de la cerveza fría, el tabaco, el paseo en bicicleta... y los pasos enmarcados en el menos dos a menos cuatro grados centígrados que nos hizo compañía. 
Un  túnel de miedo apareció entonces frente a mí, quizá producido por alguna que otra molécula de etílico aire aun no acababa de cuajar en mi torrente de sangre, pero ante el insistente mareo, ese miedo infantil y la nostalgia de mi alegría vivida 5 días atrás, desde la partida de Ciudad de México, te encontré a ti, desnudo, suave, libre, tan libre como jamás lo había percibido. Estabas dormido y tu cuerpo desnudo viajaba, quizá soñaba con las plazas teutonas que tanto te gustaron o platicaba en algún dialecto alemán recién inventado, pero entre aquel murmullo de imágenes sólo me parecía escucharte decir cuánto me amabas, yo también así lo hice. La calma me envolvió entonces, y dormimos. 

sábado, mayo 05, 2012

                    Bajo el cielo de Berlín... 

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yo 

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yo y Ale :)

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El cielo sobre Berlín 


Peter Handke, also in Wim Wenders' Der Himmel Über Berlin 
(Wings of Desire)

Als das Kind Kind war, ging es mit hängenden Armen, wollte der Bach sei ein Fluß, der Fluß sei ein Strom, und diese Pfütze das Meer.

When the child was a child It walked with its arms swinging. It wanted the stream to be a river the river a torrent and this puddle to be the sea.


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Als das Kind Kind war, wußte es nicht, daß es Kind war, alles war ihm beseelt, und alle Seelen waren eins.

 When the child was a child It didn't know it was a child. Everything was full of life, and all life was one.


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Als das Kind Kind war, hatte es von nichts eine Meinung, hatte keine Gewohnheit, saß oft im Schneidersitz, lief aus dem Stand, hatte einen Wirbel im Haar und machte kein Gesicht beim fotografieren.

 When the child was a child It had no opinions about anything. It had no habits. It sat cross-legged, took off running, had a cowlick in its hair and didn't make a face when photographed.

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 Als das Kind Kind war, war es die Zeit der folgenden Fragen: Warum bin ich ich und warum nicht du? Warum bin ich hier und warum nicht dort? Wann begann die Zeit und wo endet der Raum? Ist das Leben unter der Sonne nicht bloß ein Traum? Ist was ich sehe und höre und rieche nicht bloß der Schein einer Welt vor der Welt? Gibt es tatsächlich das Böse und Leute, die wirklich die Bösen sind? Wie kann es sein, daß ich, der ich bin, bevor ich wurde, nicht war, und daß einmal ich, der ich bin, nicht mehr der ich bin, sein werde?...

 When the child was a child it was the time of these questions: Why am I me, and why not you? Why am I here, and why not there? When did time begin, and where does space end? Isn't life under the sun just a dream? Isn't what I see, hear and smell only the illusion of a world before the world? Does evil actually exist, and are there people who are really evil? How can it be that I, who am I, didn't exist before I came to be and that someday the one who I am will no longer be the one I am?...

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Als das Kind Kind war, warf es einen Stock als Lanze gegen den Baum, und sie zittert da heute noch.

When the child was a child it threw a stick into a tree like a lance, and it still quivers there today.


viernes, mayo 04, 2012


Ana tenía las caderas amplias, la barbilla de un puntiagudo equilibrado que combinaba con su ligeramente aguileña y torcida nariz que por extraña razón era el soporte perfecto para enmarcar los ojos pastosos de rímel color negro pimienta, y la pupila negra, impactante,  de todos los días.

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Ana se sentó junto a Benjamin la tarde del viernes, era un viernes caluroso, en que la primavera entraba hasta el vagón de metro. Aquel día precisamente él, Benjamín,  fue el culpable de que se me partiera el corazón, no sólo porqué Ana estuviera sentada mirando hacia el techo tan cerca de él y temiera por ella, sino porqué tenía la camisa tipo polo, vieja, llena de rojo, rojo sangre, un rojo disparejo manchado tono tostado, tono  deslavado. Qué razón habría tenido Benjamín para subirse así al transporte colectivo, cuál sería el oscuro origen de esa camisa.


Y después de mucho pensarlo, tuve una visión, vi a Benjamín  en la penumbra, escondiendo su fechoría, su pecado o el producto de cierto artilugio asesino ahora innombrable. Temblé un poco, pero ni el teñido rojo, ni su imagen en la penumbra fueron suficientes para evitar que mirara su rostro de años nobles. Él me miró entonces, casi sonrío conmigo.

Yo continuaba con el corazón deshecho pensando en el dolor de su víctima.

Para entonces Ana ya no miraba el techo, se había perdido entre el humedad del viento artificial y los sudores lascivos - mejor para ella, pensé.

Fue entonces que me descubrío Ramiro, el hombre gordo que estaba sentado al lado izquierdo de Benjamín. Tenía  la barba partida y un anillo color oro de figura desconocida... extrañado de mi visible sobresalto, extendió su mano y me ofreció su anillo. Pero yo enseguida preferí no recibirlo y hacerme la dormida.

Luego llegó Matías,
y ese otro que se llama César,
y Otto,
aquel Galimatías...
Es increíble, no es en afán de molestar a nadie... pero caigo en cuenta que cuando evitas decir una palabra, el referente de éste empieza a ir desapareciendo. Qué tal por ejemplo, intentar dejar de decir inconsciente, o pasión, o siempre... evitas las palabras y al poco tiempo ya no están en tu cabeza (por evitar decir en tu mente); y luego en realidad ya no están, al   menos no como las conocías o como tantas veces te hicieron daño.

domingo, abril 29, 2012

Vivir es un viaje y viajar es soñar,
un sueño en el que puedes coger piedras, tomar fotos, levantar hojas secas, llevarte el instante en  servilletas, volantes, postales, cualquier cosa es buena para pretender llevarte ese mundo. 


Pero habrá momentos en que prefieras guardar el sueño mismo en tu memoria, y no tomar nada más que el aire; entonces sin que lo notes te observará una cámara, girará a tu alrededor, y en el futuro te preguntas si habrá guardado esas imágenes, porqué tu ya no sabrás si ese momento fue verdad o una mentira. 


Había una cámara girando a mi al rededor está afuera del metro...


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domingo, febrero 26, 2012

Sábado (después de Minería)

Antes,
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5 mayo 1
taxi Monchi
Durante
taxi 1
taxi 2
Y después de la lluvia.
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parking 2
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Con granizo.

domingo, enero 29, 2012

¡HOla Blog!

He pensado que debería hacer un puente y continuar en otro espacio. Quizá ahora que se me ocurra otro nombre quizá berenjenasenalmibar.blogspot.com o simplementepatricia.blogspot.com jajaja, o... en fin.

Tres imágenes para ahora.
Izcalli, tarde fría.


UNO

Disfruto del alcohol se me sale por la boca en forma de risa, que canto imágenes prohibidas o sueños oscuros, danzar; y disfruto más ver cómo mientras eso sucede el discurso tuyo y el mío salen formando redes que se conectan y crecen sobre nuestras cabezas, redes que quieren pescar en el aire fotos o imágenes que después habré de capturar.


He de aceptar que entonces suspiraré como sucede con cada foto que hago, y que muchos suspiros en realidad no son nada, y que esa nada es un universo basto por llenar, tan basto como el mundo que visito en cuentos, en sueños, en raros instantes fotográficos o cuasi fotográficos; y diré ahora que disfruto también el aire, el mismo de cuando corro sobre el pavimento mojado o seco, o del que entra por los pulmones acompañando la gracia de haber descubierto alguna otra cosa, algo como la sensación de la tierra entre las piernas o la de la sublimación de supuestos maratónicos fines de semana de imparables películas que se mirarán sólo por el gusto de mirar una, una más , quizá otra; justo como una ciudad o un pueblo más, un libro más, un instante más.


Y después juzgarán las voces si acaso observan esto como pretensión u obscenidad, lo que sin duda no es objeto de este descrito.



DOS



Celebro la gracia de quien gusta de dibujarse a través de fotos y palabras, celebro la mirada egoísta de quien dice “así soy y qué”, celebro también a quién así ‘trazado’ se distingue o se encuentra en el tumulto de la masa; tendencia continua de creatividad y decoro, tal vez contrariedad o tendencia a cuidar la moral, según juzgue el contexto.


Refiero a aquella creatividad de ser y a la vez esconderse en el rellano de las sonrisas, las uñas pintadas, o los pantalones rotos. Pero por qué no he de celebrar así pues la propia gracia, ni la de decir “así soy...”, ni la de “así no soy...” - por qué me parece tan paranóico el acto. El acto máscara, el acto Persona. Aquel de ser-se o hacer-se para sí mismo en paradójico afán de, para los demás-para mí.


Contrariedad en sí en mí misma, que detiene mi acto de dibujarme, para estacionarme en la ansiedad que me presenta el tumulto, la masa; insaciable de imágenes, de discursos del ser. Angustia. Siento angustia.



TRES

Después de varias noches volvieron las orugas a las escaleras de mi casa. Yo iba descalza, no traía ni los zapatos de tacón que había dejado en la bolsa de plástico rosa, ni las sandalias. Como todas las noches andaba desnuda, pero esta vez cierta luz gris me dejaba ver el rostro de una gorda y expresiva oruga. Parecía que me hablaba, quizá me habría dicho que no matara a las demás orugas que habían salido en los escalones o que no tratara de quitar con mis dedos blancos el yerbajo húmedo que habitaba en toda la casa, es que temía por su progenie.


Yo en realidad, intenté sólo quitar un par de hinchadas hojas verdes que se aferraban al antes gris pavimento de la escalera, pero no insistí era sólo un acto de ocio; pues lo que me preocupaba más era subir, llegar a la bolsa donde había guardado mis zapatos, aquella que minutos antes me había sorprendido por la cantidad de cochinillas que estaban dentro de ella, junto con mi calzado. Era quizá más de un kilo de éstas, algo totalmente escatológico y vergonzoso, sobre todo cuando me di cuenta que Laura estaba ahí mirándome, incrédula de la imagen en que me encontraba.


Probablemente debí morir entonces de cierto asco compartido, pero era más grande mi deseo de portar aquellos zapatos. Llegué arriba, entré, busqué y vacié la bolsa, pensé que no debía perjudicarme el hecho de tocar aquellos animalillos que al querer evadirlos parecían no terminar de brotar nunca de aquella bolsa; por cierto que con ellos venían también otros que no logro identificar con nombre, eran como una especie de frijoles vivos que aparecían en cantidad exorbitante.


Entonces fui al baño, traté de matarlos enviándolos por el caño, pero no terminaban, parecía que nunca lo habrían, incluso unas plantas de tamaño ilógico salieron de la misma bolsa. Y por fin, después de toda aquella exageración ahí estaban, los zapatos negros de tacón que recordaba ahora habían sido tan caros. Me alegré y aun temiendo mis manos con residuos de cosas vivas me subí en los tacones. Laura me miró entonces, no comprendíamos qué había pasado, ni qué hacía ella ahí, ni por qué yo actuaba casi como si nada, pero ninguna de las dos hizo algún comentario.


Me sequé las manos, me sentía preocupada por el lavabo tapado de aquellas inmundicias, y por supuesto un tanto apenada. Pero salí por las escaleras, ahí seguían las orugas, las hojas hinchadas de verde. Caminé con cuidado para no pisarlas, el sol gris casi ciega mi mirada. Yo aun estaba desnuda y con el cabello extrañamente corto e inexplicablemente mojado. Levanté los ojos, después de un rato, se acabó la noche.

martes, julio 19, 2011

Rojo después de Lluvia

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Casa Lluvia

Después de tantas gotas y derrames desde el techo, las paredes comenzaron a crecer.

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Casa Lluvia 2

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lunes, julio 11, 2011

A veces regresas de la gran mancha urbana, peleando aun con los recuerdos de olores malgastados en las paredes del metro; de sabores mal pegados en el viento que se inunda de sudor y perfume para todo el día.
CI CINCO
...y la burbuja de un cielo basto y luego triste, con una sábana verde y un cielo lleno de formas te recibe.
CI CUATRO
Estás en Cuautitlán Izcalli, una burbuja, una caricia para cada día;
CI TRES
el lugar que paradójicamente abandonas en sueños y al que regresas justo para eso, para dormir, y respirar feliz. Haz llegado a casa.
CI DOS

domingo, junio 26, 2011

Quiero los óleos que se quedaron perdidos en cajas de zapatos ortopédicos que alguna vez usé, los colores de los que no es fácil esparcir el aroma; la sensación al abrir un tubo de pintura nuevo, junto al pincel sucio, el thinner o aguarrás; quiero el trapo para limpiar los instrumentos que tenía la pequeña aprendiz de pintora.

La misma que ahora se pregunta si de verdad existió el día aquel en que el retrato de las guacamayas de colores -que posaban en el Parque de las Esculturas y que eran sus modelos en la clase de pintura - se convirtió en un amasijo de líneas entrecruzadas, patinadas, deslavadas por el accidente ese en el que se chorreó accidentalmente todo el frasco de solvente sobre su cuadro con aves de colores. Es que se le ocurrió ponerlo justo encima del bastidor... y ante el movimiento brusco, el trabajo de tanto tiempo se fue volando.

Se se sintió tan desahuciada. Ese día de seguro odió a su madre - por insistir en aquellas clases - y a su maestra, que no la dejaba más que pintar esos cada vez más horribles animales. Pensó entonces que jamás volvería a tomar el pincel.

Pero miró su cuadro de aquellas aves multicolores que se habían esparcido dejando sólo el recuerdo de alas y plumas y ya no le pareció tan feo; el mismo que segundos antes buscaba defender su pincel como defienden ahora los megapixeles a los bellos de la piel, las canas o una que otra arruga.

Ese día ella traía un pantalón de mezclilla amarrado con una cinta roja, una playera quizá azul que servía de bata, los zapatos... no los recuerda; y en la mano derecha la paleta de pinturas que desearía justo en este momento tener junto a su ventana, con el bastidor y el lienzo en blanco.

Y quisiera pintar entonces... y pintaría en este momento aquel árbol de naranjas crecido en el fondo del océano que el otro día vio.

Un árbol de fruta amarilla que habrá de perfumar, casi texturizar el agua; su agua cáscara de la que nadie bebe; agua entre algas y peces que vuelan, más enigmatizados que sedientos al rededor de aquel manjar suave dentro del que danzan. Por cierto que algunos de ellos intentan sorber el líquido (y no sé aun qué pasaría). Es una escena entre sal, amarillo, rayos de sol, naranjas en agua.

Luego pintaría el día en el que me voy convirtiendo en árbol, y que de mi cuello (de la parte de atrás) brota una planta sutil, de hojas suaves y andar cadencioso, que nace, crece como enredadera enraizando a la dermis sus hojas multi-verdes (por no decir multicolores); expandiéndose y engañando sobre su lugar de procedencia. Hasta parecer que no sé si me voy convirtiendo en árbol o un árbol en mí.

Para el final dejaría el queso azul, la composición menos referencial al objeto, sería un recuerdo en sí, verlo remitiría a algo; algo de absurdo, de sutil, de glamouroso, de nausea; quizá recordarías lo obsceno, una delicia, o nada. Dependerá del receptor.

Quiero los óleos que se quedaron perdidos en una caja....
aunque tenga ahora una cámara.


jueves, junio 16, 2011

Esos locos que corren........



Correr: Ese acto de origen primigeneo que emociona tanto, y que se pinta de playeras, medallas, tenis, gorra, bloqueador... en el que al final estas solo, solo, con el cuerpo, con la respiración, con el pavimento, con el cielo. Para esos Locos que Corren... que "respetan al último y al penúltimo porqué dicen que son respetados por el primero".

domingo, junio 12, 2011

La Cena

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