jueves, mayo 02, 2013

Otro texto medio terminado. Decisión: suicidio.

Diana y Sergio se conocieron en un café de viejitos de la ciudad de México. Ella traía un suéter azul amarrado a la cintura, un pantalón de mezclilla, la blusa blanca; los cuadernos en un brazo, la bolsa negra en el otro, y tenía esa usual sonrisa que remataba dulcemente a su rostro de negros risos largos.  Sergio estaba sentado en la mesa tomando un café azul cuando ella arribó. La luz era cegadora, lo que tenía de especial encanto la escena.

Ese día comenzó todo, la primera “cita” de trabajo escolar que terminó en más tazas de café para concluir supuestas tareas escolares. Sergio, no supe bien cómo era, sólo recuerdo su suéter, que también era azul, la línea de su espalda bien trazada y su cabello negro, lacio, tan lacio que luego se negaba a tomar su lugar.

Él tenía 24 años, había tenido un par de novias poco simpáticas que terminaban aburriéndolo por la supuesta estabilidad del día a día. Diana, de 23 años, en realidad no había tenido más que un novio, el mismo Sergio, de quién terminó enamorándose por su obsesiva forma de beber café, y por aquélla espalda tan delgada y delineada que le recordaba alguna escultura vista en su niñez.

Sergio y Diana decidieron casarse después de un par de años de relación, una relación de vaivén desequilibrado, desequilibrado como el día aquel en que fueron juntos al cementerio, a tomar fotos, a ver qué se sentía; como el día en que un policía tocó la ventana del auto para acusarlos de cometer faltas a la moral. Ese día Diana murió de risa y de pena, con la blusa aun sujeta al cuerpo y el calor de las yemas de Sergio sobre sus senos. O sin equilibrio,  como el día aquel en el que enojada se bajó del microbús,  dispuesta a terminar la relación justo en medio del tráfico, entre semitas y bonafonts de los vendedores ambulantes. El escenario donde minutos antes Sergio había insinuado cierta infidelidad de Diana.

Ella caminó entonces entre la multitud del tráfico, con su cabello crispado  de odio, un odio inmaculado en demasía que por efecto tuvo a los autos alumbrándola sin claxonazo alguno.

Yo la ví ese día desde la ventana de mi departamento, se veía hermosa, pero algo raro noté en su rostro, no era sólo aquel coraje lo que lo invadía, sino una especie de gusto oculto por descubrirse mirada por la multitud, ahí entre los autos, con su mezclilla ajustada, entre el asfalto y el contraluz de faros y espectaculares. 

Después de aquel día ya nunca la volví  a ver, no supe nada de ella, hasta hoy el día en que su tía Eugenia se acerca a mí y me cuenta que Sergio se ha quitado la vida. Entonces me acuerdo de todo, del día antes a que esto sucediera, del martes aquel, en el que discutieron, precisamente en la casa de la tía, donde solía vivir Diana antes de su inesperado matrimonio. No sé por qué se me había olvidado… 

Aquel día discutieron tanto que Sergio sólo se tapó el rostro con un cazamontañas y se salió. Diana se quedó llorando, pero al igual que la vez que paseo entre los autos, sintió un gusto ilógico por imaginar que alguien o algo la observaba. ¡Vaya gustos...! 

Desde  aquel momento, nadie supo nada de Sergio. Sino hasta la tarde aquella, la del viernes, en que la madre de Sergio busco a Diana le dio la noticia al teléfono y colgó. Diana se volvió entonces insomne, se descompuso en seguida. La sorpresa la cegó por completo, no podía ver nada, se quedó callada; luego lloró hasta que sintió que se caían los ojos. La culpa, por supuesto, la invadió entonces. No quería volver a ver, no quería que nadie la viera. El cabello se le alació de pronto.

Pasados los días, después del entierro, Diana tenía ya a todo un ejército de asesores dispuesto por sus parientes y amigos: psicólogo, médico, la tía Eugenia, la foto de su mamá, el recuerdo de su papá, hasta un paramédico ya estaba a la puerta de su casa.  Sin embargo, un día, justo después de que Diana todavía entre la ceguera inexplicable aun,  anunciara su irreductible decisión. - Tengo que irme con Sergio. Cosa que anunció determinante,  como si hubiera informado que se iría de vacaciones o como sí fuera por un pantalón nuevo. Un silencio frustrante apareció entonces. 

Ahora no sé qué vaya a pasar, no sé en realidad cómo se mató Sergio, qué tuvo que ver el pasamontañas, la discusión del otro día o el hecho de que yo estuviera ahí, como lo estoy ahora, viendo que no ha cambiado de parecer.  Eso me re mata de tristeza.  Los asesores clínicos han ya casi desaparecido, y algo me dice que no obstante todas esas miradas, terminará por hacerlo. Ojalá no lo haga, me daría mucha tristeza. México primero de marzo de 2013.


De los múltiples textos que dejo incompletos. Cuento Suicidado

Ricardo se está bañando,  las niñas fingen estar aun dormidas en el otro cuarto, la música del cuarto de baño vibra armónicamente entre el aire matutino y las blancas paredes de la alcoba.  Marina está ahí,  aun acurrucada entre las sábanas blancas donde por casualidad su joven esposo ha dejado el celular nuevo. – Vaya invento del hombre, piensa ella entre sueños y toma el aparato -  Ahora resulta que hasta televisión por cable puede tener un aparatito de estos.
Es entonces cuando mientras ella explora aquel gadget recién adquirido, entra un mensaje al celular, y con voluntad inconsciente Marina lee el contenido. Hubiera querido gritar – ¡Ricardo, Acaba de llegar un mensaje creo que es de la oficina…! pero cuál habría sido el contenido de éste si en lugar de hacerlo, Marina simplemente se quedó callada, luego se puso la bata blanca, y con sus cabellos largos y negros se dirigió a la cocina, con mesura hizo  café, pan tostado con mermelada,  té con leche, huevo cocido, algo de fruta picada, lo que consideró  suficiente para que  las niñas, fueran alimentadas al colegio.
Luego despidió a los tres, se encerró en su casa e inexplicablemente comenzó a inventar escenarios para morir.
Después de ese día Marina ya no volvió a hablar , a nadie,  sino hasta aquel día en que estando vestida de blanco me contó todo, pedacito por pedacito, hasta entender lo del mensaje en la pared, aquel mensaje altisonante que simplemente decía “Chinga a tu madre”, un recado que ella firmó y que puso frente a la mirada de Ricardo al momento de abandonarlo, y abandonarlas. 
Marina me contó primero lo del día de la boda, de lo blanca que era la piel de Ricardo y de cómo le fascinaba ver su propio cuerpo moreno junto al de él. Luego me contó que se le hizo raro que en la fiesta hubiera una mujer tan blanca vestida de entallado vestido verde, una que con nadie hablaba, sólo con Ricardo – a lo mejor fue ella la del mensaje en el celular, me dijo. 
También me contó de lo terrible que se siente cuando te quieres morir, y te das cuenta de lo terrible que resulta no poder decidir sobre algo tan aparentemente fácil como la forma y el lugar donde será tu muerte. Y es que Marina, después de ver el mensaje en el celular, no deseo otra cosa más que quitarse la vida. 
Me contó entonces de sus múltiples intentos ensayados en una sola mañana. – No, si morirse no es tan fácil, hay que preparar el escenario, ver con qué instrumentos se cuenta.  Imaginarte cómo quieren que se enteren de tu suicidio, si porque alguien les avisa, porque abren la puerta del baño y te ven, porque les mandaste un correo un día antes… - ver por ejemplo, si quieres que tu cuerpo quede regado, o escurriendo,  o aventado -  si te quieres ver bonita para que todos te recuerden así, o fea, para vengarte de todos los momentos y te sueñen así para siempre, con un ojo botado, con la lengua de fuera o qué se yo… - pero sí, morirse una misma, no es fácil.
Luego me platicó de sus escenarios, de los imaginados y de los creados. Y es que cuando Ricardo se fue a su trabajo y las niñas dejaron la casa en un absurdo silencio, Marina comenzó a idear sus artilugios.
-       Primero fui a la cocina y miré el cuchillo, no soy muy fuerte pero podría ser un buen lugar para un ama de casa comprometida con la hora de la comida y los buenos guisos, pero en el momento justo dudé ser lo suficientemente fuerte como para morir bajo mi propia apuñalada
-       Luego pensé en electrocutarme en el baño, pero me pareció demasiado común, a parte, podría parecer un simple accidente y no tendría sentido
-       También pensé en tomar una fuerte carga , sería poético..
-       Consideré luego...

unas citas del pájaro que da cuerda a mundo. Murakami.

La fuerza del destino normalmente sólo coloreaba, de forma monónota y silenciosa, el borde de su vida, como un sonido de fondo grave. Era raro que le recordara su existencia. Pero, en algunos casos (no podía saber cuáles porque no parecía seguir pauta alguna)m esa fuerza aumentaba y lo conducía a una renuncia profunda parecida a la parálisis. P. 756

… desde muy pequeño, jam{as tuvo la sensación real de haber tomado por propia iniciativa, una resolución. Sentía que era el destino quien, a su antojo, le hacía tomar una decisión. Aunque pensara, en primer lugar, que había tomado una resolución por propia voluntad, más tarde acababa por darse cuenta de que una fuerza externa le había hecho decidir de ese modo. Simplemente se había puesto el hábil disfraz del “libre albedrío”. P. 756

Como había pensado siempre el veterinario el libre albedrío del hombre no existía. Las personas eran como muñecos a los que se les había dado cuerda por la espalda y puesto encima de la mesa, condenados a seguir un camino, obligados a avanzar en una dirección. P. 778
El mundo cada vez fue eruptando con más fuerza lo que no le servía. Eruptó por ejemplo a los grandes reptiles, a los mostruos antedeluvianos, hombres con cara de pez, a las niñas de cabello feo, incluso a los enamorados de las playas nudistas.


Rosario se miró la sombra del ojo y vió cómo se le corrían de tristeza los azules, el gris permanente, la línea negra.  La culpa había sido del sueño de la noche anterior, aquel en el que su padre la había recriminado. - Rosario, !por qué no sabes guisar el arroz rojo! le dijo sin sentido ni culpa por la carente educación gastronómica de su hija.

Pero Rosarío sí se sintíó culpable, por aquel hecho que ilógicamente había provocado el entierro injustificado de un maniquí, ahí afuera en el jardín. Ella sabía no que no había relación alguna entre ambos hechos, aun más que sólo se trataba de sueños, pero una angustia incómoda apareció desde ese día, todas las mañanas al mirar sus ojos azul-gris, recordaba la piel falsa llena de tierra granulada, y el reproche de su padre. 

Una mañana, antes de mirarse al espejo, Rosario decidió que tendría que abandonar su casa. Iría al centro, y se olvidaría de todo, de la tierra, de los espejos, incluso de su almohada, la misma que la acompañó en sus sueños desde los primeros años y en su ardiente juventud. Pero sobre todo, decidió que tenía que aprender a cocinar el arroz rojo.

Del maniquí enterrado, de eso ya nadie se acordó jamás.


Asterion.

El laberinto y las múltiples escaleras reflectadas sólo me recuerdan lo difícil que desde la infancia me ha sido cuajar con el contexto. No es que sea una mala persona, de hecho, paradójicamente  otros elementos me han aturdido risueñamente lo buena persona que soy. No obstante al argumento, a las caras sonrientes, gustosas o quizá hasta condescendientes, han sido despreciadas por mí al momento de emitir su voto. Sin embargo sé que estas son "subjetivadas", pues de lo que se trata es más bien de un tema harto científico, de aquel que tiene que ver con los espejos, especialmente por aquel que tengo por rostro. Éste que no logra reflejar el rostro de quien me mira, de los compañeros de trabajo, de los amigos lejanos, ni de los primos, ni de los abuelos olvidados, menos de los vecinos; éste en el que al asomarse se asustan por no mirarse o porqué simplemente  no logro reflejar coherentemente los rostros sobre el mío, o peor, por no reflejar nada. A ese tema de los espejos  le debo que desde el inicio haya sido imposible liarme con la enredadera de sobre el suelo o la de sobre las cabezas, o todas las madejas que se atoran entre los pies mientras  uno vuelve o avanza. Básico, fácil, simbólico, manifestación de la astucia social, pero nunca lo he logrado.  Pero ahora mismo  sé que no dependió de mi,  sino de que un redentor o un mounstro maldito no ha hecho su trabajo, el de reivindicarme con los espejos o el de sacarme de aquí.