martes, noviembre 21, 2006


No sé si ha pasado un año o un par de semanas.

Todo sucedió desde el día en que me desnudé por partes para meterme a bañar, era de madrugada y la luna iluminaba como nunca, entonces me agaché para desatar las trenzas de mi cabellera, es que ... ¡habrá que ver aquel cabello! desde que te fuiste me ha crecido tanto… Fue entonces cuando algo me saltó a la garganta, y se atoró tanto que me tuve que meter los dedos con tal de que aquello saliera de mi boca, sentía que me ahogaba pero eso no importaba estaba realmente desesperada.

Así, con la ayuda de mi mano entera, pronto escupí algunos residuos del platillo de la noche anterior, berenjenas en almíbar, escupí también varios ostiones verduzcos y por fin, después de un gran esfuerzo toráxico, escupí un par de patitas peludas; me sentí mucho mejor aunque con un ligero dolor de costillas, el provocado por el gran brío al parir gargajos.
Ciertamente para ese momento todavía no lograba despertarme del todo, caía el agua por mi cuerpo blanco y los pies juguetones comenzaban a danzar, cuando de repente comenzaron a salir una especie de ramas por mi boca, nacían a la velocidad de las lombrices que merodean entre la tierra del jardín. Yo por supuesto trataba de jalarlas, quería acelerar su tránsito de mi boca hacia la coladera, por eso jalé y jalé las ramas, y lo hice hasta que éstas se confundieron con mi negro cabello, sólo entonces me di cuenta que tú ya no estabas, lloré un poco.

Aquella mañana entre el espasmo y las gotas de agua, también me di cuenta de algo, desde que te fuiste me ha sido imposible arrancarme el hambre. Y recordé por ejemplo aquel día en que me comí tres bolsas de palomitas de microondas, un pavo asado, diez nopales asados, un kilo de cacahuates enchilados, dos chiles güeros, y dieciocho limonadas con cerveza, sin embargo, después de toda esa hecatombe continuaba con aquella absurda e inconcebible hambre.

Salí del baño, y me senté en la hamaca de colores, ahí estuve tratando de secarme el cabello durante casi dos horas y estaba tan absorta en la tarea que no me di cuenta que pasó volando una palomilla frente a mis ojos. Pasó una y otra vez hasta que por fin desperté de verdad, entonces tome conciencia de que cada vez había más fauna en mi casa.

Voltee a mi alrededor, había cientos de palomillas cafés-negro, de las que vuelan tan lento que hasta lástima da perseguirlas y matarlas, y no por la culpa que provoca, sino por el escaso divertimento que causa el crimen; también había caracoles desfilando con la llegada del amanecer y moscas gordas que aleteaban en reconocimiento al nuevo día; despacio se me ocurrió mirar bajo la hamaca, y ahí estaba, un impresionante hormiguero que hervía de patas rojas y ojuelos temblorosos.

Me levanté con cuidado de la hamaca, no quería que algún bicho resultara muerto por mis pies descalzos, o peor aun, que un río de hormigas se trepara en mi cabello.

Así con cuidado, llegué a mi recámara, puse música surf para bailar un rato mientras amaneciera y como siempre comencé a danzar, daba vueltas sobre mi propio eje, caminaba en el techo, tomaba posiciones ridículas, imaginaba algunos autorretratos al compás de la música, rezaba canciones incomprensibles, entonces algo llamó mi atención.
Al lado derecho del espejo, una boquilla curiosa, blancuzca, señalaba hacia mi, como queriéndome besar, era un gusano, tan gordo y blanco como el grano de arroz, mis labios se encendieron de carmín mientras lo miraba fijamente, entonces la música desapareció, lo tomé entre mis dedos y me lo comí, sabía a agua de horchata, pero no de la natural, sino de esa que preparan con jarabe. En ese momento mi hambre disminuyó.
Hasta hoy nadie se ha dado cuenta pero desde aquel día me he resuelto a recolectar alimentos exóticos, gusanos y polillas voladoras - digo, ya que hay tantas en casa. Por cierto que a veces veces no es fácil encontrar suculentos gusanos blancos, entonces me desespero y me da por experimentar con hormigas rojas, con cochinillas, o cucarachas de papel, es que en la oficina donde trabajo hay muchas; también son buenos los caracoles o los peces de plata - unos gusanitos que corren tan rápido y que se divierten comiendo cartón - también recolecto juanitas - de esas que viven en los libros viejos de mi madre.

Comer insectos es quizá un arte bastante ingrato, son contados los que saben de mi vicio y vaya que me he generado mala fama. Sé que induzco la repulsión de quienes se enteran de mi nueva costumbre, sin embargo, insisto en que todo es cuestión de verlo de otra forma, entonces se tornará de vicio mezquino a costumbre cosmopolita.

Pensemos por ejemplo en Tailandia donde comen grillos y langosta, o en Indonesia, donde las cucarachas forman parte de la canasta básica, o en Australia donde los capullos son exquisito manjar; pensemos en Colombia, donde en vez de palomitas comen hormigas tostadas en la sala cinematográfica; vayamos ahora al continente africano, donde orugas y larvas, proporcionan proteínas a los habitantes; o nos quedaos aquí en México donde podemos encontrar alimentos dignos de la nobleza: chinches, pulgones, libélulas, gusanos de maguey, escarabajos, hormigas, abejas, chapulines, jumiles...

Ahora me siento en la hamaca de colores donde me fotografiaste, tengo un gusanillo danzando en mi mano, dejo que lo haga antes de ponerlo en mis labios, mientras tanto me pregunto cuándo te veré de vuelta.