jueves, mayo 02, 2013

Rosario se miró la sombra del ojo y vió cómo se le corrían de tristeza los azules, el gris permanente, la línea negra.  La culpa había sido del sueño de la noche anterior, aquel en el que su padre la había recriminado. - Rosario, !por qué no sabes guisar el arroz rojo! le dijo sin sentido ni culpa por la carente educación gastronómica de su hija.

Pero Rosarío sí se sintíó culpable, por aquel hecho que ilógicamente había provocado el entierro injustificado de un maniquí, ahí afuera en el jardín. Ella sabía no que no había relación alguna entre ambos hechos, aun más que sólo se trataba de sueños, pero una angustia incómoda apareció desde ese día, todas las mañanas al mirar sus ojos azul-gris, recordaba la piel falsa llena de tierra granulada, y el reproche de su padre. 

Una mañana, antes de mirarse al espejo, Rosario decidió que tendría que abandonar su casa. Iría al centro, y se olvidaría de todo, de la tierra, de los espejos, incluso de su almohada, la misma que la acompañó en sus sueños desde los primeros años y en su ardiente juventud. Pero sobre todo, decidió que tenía que aprender a cocinar el arroz rojo.

Del maniquí enterrado, de eso ya nadie se acordó jamás.