martes, abril 04, 2006

Piel de yeso


Alicia introduce un dedo en el perfecto círculo de su ombligo. Despacio, traza la circunferencia, la delinea, la descubre. Trata de ver qué hay más a fondo. Percibe una sensación extraña, mas no por eso desagradable. Así, sentada en una pequeña silla, observa su escena. “¡Qué estas haciendo!”, dice su padre quien aparece repentinamente. Desde aquel día Alicia ya nunca estaría realmente sola.

En la casa de Alicia siempre había algo que reparar. Sus padres guardaban especial interés por el correcto y estético mantenimiento del hogar. Que si la tubería, que ahora hay que pulir el piso, que si los estantes... Cualquier detalle era suficiente para llamar a algún extraño, que sin desearlo, se sumaría al desfile de adultos ausentes.

Se trataba de un lugar mal distribuido. Eran dos pisos, pero el espacio nunca era suficiente ni siquiera para la niña y sus padres. Llegaron a ese lugar casi por casualidad y desde el inicio la humedad hacía un constante esfuerzo por habitar junto con ellos. En aquel tiempo ese esfuerzo se hizo presente en la cocina, que era quizá el único espacio de convivencia.

No pasó mucho tiempo para que se decidiera reconstruir completamente la pared que dividía a la cocina del patio trasero. De lo que Alicia no se enteró sino hasta una tarde que sintiendo hambre fue a buscar un poco de pan.

Con los pies ligeros, como sin querer evidenciar su hambre, entra. Ve el cuerpo delgado que se ilumina a medias mientras trabaja en su burda escultura. Está de espaldas. Ella mira con curiosidad, con persistencia. Pero sus pupilas no son suficientes para que el hombre voltee. Espera en silencio, y nada. Entonces alguien toca la puerta. El temor aparece en su rostro. Rápidamente corre a buscar el sueño. Sabe que no está sola.

Todas las mañanas las cosas son demasiado buenas para Alicia. Ese momento, en que la luz de la mañana parece ser la de una tarde lluviosa, es el mejor durante el día. Platica un poco con su padre, ríe, lo observa detenidamente; disfruta el sencillo desayuno preparado por su madre. Pero aquella tarde esperó el amanecer con especial impaciencia.

En la cocina un silencio alegre impregna las miradas lascivas, las sonrisas accidentales. La taza de café, la respiración, el trozo de pan, la televisión, las luces encendidas, todo al parecer estaba normal. Alicia detiene su respiración, e intenta descubrir algo nuevo. Ve a su alrededor, izquierda, derecha, busca decididamente y nada. Entonces su mirada se topa con la todavía fresca construcción. La sorpresa le obliga a jalar el aire tan fuerte que llama la atención de su madre. - “¡Ya apúrate hija, no ves que se hace tarde!”.

Durante algunos días, después de la escuela, Alicia se encerraba en su cuarto. No bajaba a comer. Evitaba pasar frente a la cocina. Una especie de miedo se lo evitaba. Simplemente esperaba que amaneciera para saciar su hambre. La espera siempre se hacía eterna.

Una mañana notó que la falda escolar no le sentaba bien. Le quedaba bastante extraña. Le pareció entonces demasiado corta, y demasiado floja. Con cautela se dirigió a la cocina. Comió rápidamente y sintiéndose observada quiso salir de inmediato. Pero se detuvo, volteó hacia la pared. Sonrió. La escultura estaba ya terminada, blanca, lisa, intacta, perfecta.

El uniforme de Alicia cada vez se hizo más pequeño. Los botones de la blusa amenazaban con reventarse. La falda descolorida era ya muy corta. Los zapatos de goma cada vez lucían más desgastados. En aquel tiempo cuidar hasta el más mínimo detalle de su aspecto antes de dirigirse al comedor, era de suma importancia. Todas la mañanas aparecía bañada, peinada, lista, de lo contrario le daba una pena tremenda.

Una noche de insomnio bajó a la cocina en busca de leche.

Alicia entra, abre el refrigerador, despreocupada sirve el líquido blanco. Comienza a beber. Observa de reojo. Sigue bebiendo. Su pupila se clava en la imponente pared. Su corazón se acelera, bebe rápidamente pero la desesperación la traiciona. La leche cae sobre sus labios, sobre su barbilla, sobre su cuello limpio. Alicia huye. El sueño no llega, pero abrirá los ojos hasta el amanecer.

En la escuela todo había estado mal. Hablar frente a un gran auditorio nunca había sido lo suyo. Memorizó todo lo que tenía que decir, pero al memento las palabras la abandonaron. Ya en casa se enteró que sus padres habían tenido que viajar de improvisto, que no se sabía cuándo, pero que pronto estarían de regreso. Alicia sintió hambre, y sin pensarlo se dirigió a la cocina.

Entra con paso ligero. Dirige una mirada hacia la blanca pared. Le gusta. Es hermosa, sin imperfección. Se sienta a comer frente a ella, con cautela la mira. No tiene miedo, se siente vigilada. No está sola.

Entonces se levanta. Se acerca a ella. Y se sorprende ante la imagen de sus senos sobre la blanca pared. Siente la fría superficie sobre su vientre ligeramente abultado, sobre sus sexo, sobre sus piernas. Deja caer la mejilla izquierda sobre la superficie. Sus manos ahora se deslizan suavemente. Su cuerpo entero quiere reconocer el perfecto lienzo. Su respiración se altera, cambia de ritmo, más rápido, más lento, más. sus manos danzan, tocan la pared, recorren los cuerpos que sin pudor se aprietan.

De repente alguien llega. toca la puerta una, dos veces. Ella no escucha, sigue respirando absorta. Sigue tocando, cada vez toca más fuerte, más y más. Ella sigue visitando su cuerpo entero, cuerpo delgado todavía de niña. Los golpes se hacen más fuertes, más estruendosos, más desesperados. Alguien quiere entrar. La casa entera se comienza a cuartear. Las líneas obscuras recorren la construcción con absoluta rapidez. Ella sigue, sigue con el lienzo blanco que todavía se niega a amarla, sigue con su cuerpo hinchado, con su respiración acompasada, con sus ojos.

La mirada hace un alto en el abismo para fijarse sobre la pared. Quiere entonces correr hacia su cuarto, a cubrirse con las cobijas, a esperar el sueño. Pero no lo hace. Suda. Su cuerpo gotea, piensa en sus padres, en el hombre invisible, en el lienzo.

La pared ya no soporta más. Lentamente cede ante la silenciosa súplica. Su piel blanca despierta del perfecto letargo. Su interior húmedo también se vence. Entonces arranca a Alicia un grito agudo, intenso, inolvidable, mientras el escurridizo cuerpo es sepultado.