Matilda
Matilda era como una flor seca. No una flor deshidratada o muerta, era como una flor extraña que nunca amanece con gotas de rocío.
Matilda un día baja por las escaleras de su casa. Y esa tarde todos extrañan el viento, las crayolas de colores, el jarrón, los espejos. El calor se había tragado la humedad del ambiente e incluso al ambiente mismo.
Matilda no extrañaba al viento, y no había nada en su cuerpo que dilatara su humana capacidad de transpiración.
Matilda no lloraba ni sudaba, y por cierto no hacía mucho ruido al comer. Al notar esto los amigos y los padres de la chica se vieron muy preocupados. Había que llevarla al hospital porque ese extraño comportamiento de no producir agua ya estaba alarmando a todos. Pero Matilda los observaba fijamente sin decir una sola palabra.
Matilda ahora baja de nuevo las escaleras, y otra vez, el calor es insoportable. Haciendo mucho ruido al caminar Matilda llega al centro de la habitación. Pero algo en la ventana ha llamado su atención. Acerca entonces su mirada, luego su nariz, su boca ahora esta pegada a la ventana. Y observa detenidamente, sigue observando y.... una fuerza extraña que procede del vidrio quiere tragar a Matilda.
La piel se embarra en la superficie contaminada de calor. El vidrio quiere atrapar al cuerpo de Matilda y lo exprime como puede. Esa fuerza angustiada no sólo se conforma con el rostro sino que ahora todo su cuerpo parece estar siendo tragado por el vidrio sediento.
Matilda quiere gritar pero no puede, las astillas parecen incrustarse en su boca, en su nariz, en sus ojos, su rostro ahora amenaza con sangrar pero afortunadamente la extraña fuerza se ha detenido.
Una flor seca esta prendida de la ventana, su mirada borrosa no ve claramente hacia uno u otro lado de la ventana, por cierto, las pestañas no la dejan ver muy bien. Están embarradas de una sustancia gelatinosa y transparente.
Matilda sigue clavada en la ventana. No hay un solo ruido en el ambiente, sólo está el calor inmenso que deambula de un cuarto a otro, sin mover el aire, sin hacer ruido.
Y fue sólo al amanecer, cuando una gota rodó por el cuello de Matilda. El calor ya había disminuido.