Laura comenzó a observarme cuando de la mano de su
padre subió al metro. Ese día traía una camisetita
Von Duch y los tenis rosa pastel que le habían regalado
en su cumpleaños, lo que combinaba
exquisitamente con su mirada oscura y el flequillo que días antes le habían
diseñado en algún salón de belleza de domicilio ahora no recordado.
La niña se recargó en el tubo del vagón de metro con destino a cuatro caminos, el mismo que era cómplice de aquellas voces agotadas que pensaron en cederle el asiento pero que no lo hicieron. Laura las miró en secreto y luego me miró a mi, curiosa, de arriba a abajo, hasta que sus ojos se detuvieron en los zapatos, en los tacones altos de charol que iban tan bien con mi collar de perlas y con mis manos tercamente flacas, las manos que la mañana de ese mismo día colocaron el sombrero, los guantes de terciopelo, el elegante vestido negro; lo que seguramente a la niña le habría impactado tanto, sobre todo por el contrastante juego que hacía con las zapatillas rojo brillante, esas en las que se reflejó sin demostrar sorpresa.
– Hubiera querido unas así de regalo, pensó Laura, pero
nadie supo nunca de aquel deseo.
Laura salió luego del vagón del metro, detrás su padre. Ella me volteó a ver de reojo. Desde entonces Laura y yo nos vemos todos los días, en este mismo vagón. Le gusta reflejarse en mis zapatos.
Laura salió luego del vagón del metro, detrás su padre. Ella me volteó a ver de reojo. Desde entonces Laura y yo nos vemos todos los días, en este mismo vagón. Le gusta reflejarse en mis zapatos.