Ese día comenzó
todo, la primera “cita” de trabajo escolar que terminó en más tazas de
café para concluir supuestas tareas escolares. Sergio, no supe bien cómo era,
sólo recuerdo su suéter, que también era azul, la línea de su espalda bien trazada
y su cabello negro, lacio, tan lacio que luego se negaba a tomar su lugar.
Él tenía 24 años,
había tenido un par de novias poco simpáticas que terminaban aburriéndolo por
la supuesta estabilidad del día a día. Diana, de 23 años, en realidad no había tenido más
que un novio, el mismo Sergio, de quién terminó enamorándose por su obsesiva
forma de beber café, y por aquélla espalda tan delgada y delineada que le
recordaba alguna escultura vista en su niñez.
Sergio y Diana
decidieron casarse después de un par de años de relación, una relación de vaivén desequilibrado, desequilibrado como el día aquel en que fueron juntos al cementerio, a tomar
fotos, a ver qué se sentía; como el día en que un policía tocó la ventana del
auto para acusarlos de cometer faltas a la moral. Ese día Diana murió de risa y
de pena, con la blusa aun sujeta al cuerpo y el calor de las yemas de Sergio
sobre sus senos. O sin equilibrio, como el día aquel en el que enojada se bajó del microbús, dispuesta a terminar la relación justo en
medio del tráfico, entre semitas y bonafonts de los vendedores ambulantes. El
escenario donde minutos antes Sergio había insinuado cierta infidelidad de
Diana.
Ella caminó entonces
entre la multitud del tráfico, con su cabello crispado de odio, un odio inmaculado en demasía que por efecto tuvo a los autos alumbrándola sin claxonazo alguno.
Yo la ví ese día
desde la ventana de mi departamento, se veía hermosa, pero algo raro noté en su
rostro, no era sólo aquel coraje lo que lo invadía, sino una especie de gusto
oculto por descubrirse mirada por la multitud, ahí entre los autos, con su
mezclilla ajustada, entre el asfalto y el contraluz de faros y espectaculares.
Después de aquel
día ya nunca la volví a ver, no supe
nada de ella, hasta hoy el día en que su tía Eugenia se acerca a mí y me cuenta que
Sergio se ha quitado la vida. Entonces me acuerdo de todo, del día antes a que
esto sucediera, del martes aquel, en el que discutieron, precisamente en la
casa de la tía, donde solía vivir Diana antes de su inesperado matrimonio. No sé por qué se me había olvidado…
Aquel día discutieron
tanto que Sergio sólo se tapó el rostro con un cazamontañas y se salió. Diana se quedó
llorando, pero al igual que la vez que paseo entre los autos, sintió un gusto
ilógico por imaginar que alguien o algo la observaba. ¡Vaya gustos...!
Desde aquel momento, nadie supo nada de Sergio. Sino hasta la tarde aquella, la del viernes, en que la madre de Sergio busco a Diana le dio la noticia al teléfono y colgó. Diana se volvió entonces insomne, se descompuso en seguida. La sorpresa la cegó por completo, no podía ver nada, se quedó callada; luego lloró hasta que sintió que se caían los ojos. La culpa, por supuesto, la invadió entonces. No quería volver a ver, no quería que nadie la viera. El cabello se le alació de pronto.
Desde aquel momento, nadie supo nada de Sergio. Sino hasta la tarde aquella, la del viernes, en que la madre de Sergio busco a Diana le dio la noticia al teléfono y colgó. Diana se volvió entonces insomne, se descompuso en seguida. La sorpresa la cegó por completo, no podía ver nada, se quedó callada; luego lloró hasta que sintió que se caían los ojos. La culpa, por supuesto, la invadió entonces. No quería volver a ver, no quería que nadie la viera. El cabello se le alació de pronto.
Ahora no sé qué
vaya a pasar, no sé en realidad cómo se mató Sergio, qué tuvo que ver el
pasamontañas, la discusión del otro día o el hecho de que yo estuviera ahí, como lo estoy ahora, viendo que no ha cambiado de parecer. Eso me re
mata de tristeza. Los asesores clínicos han ya casi desaparecido, y algo me dice que no obstante todas esas miradas, terminará
por hacerlo. Ojalá no lo haga, me daría mucha tristeza. México primero de marzo
de 2013.