viernes, mayo 04, 2012


Ana tenía las caderas amplias, la barbilla de un puntiagudo equilibrado que combinaba con su ligeramente aguileña y torcida nariz que por extraña razón era el soporte perfecto para enmarcar los ojos pastosos de rímel color negro pimienta, y la pupila negra, impactante,  de todos los días.

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Ana se sentó junto a Benjamin la tarde del viernes, era un viernes caluroso, en que la primavera entraba hasta el vagón de metro. Aquel día precisamente él, Benjamín,  fue el culpable de que se me partiera el corazón, no sólo porqué Ana estuviera sentada mirando hacia el techo tan cerca de él y temiera por ella, sino porqué tenía la camisa tipo polo, vieja, llena de rojo, rojo sangre, un rojo disparejo manchado tono tostado, tono  deslavado. Qué razón habría tenido Benjamín para subirse así al transporte colectivo, cuál sería el oscuro origen de esa camisa.


Y después de mucho pensarlo, tuve una visión, vi a Benjamín  en la penumbra, escondiendo su fechoría, su pecado o el producto de cierto artilugio asesino ahora innombrable. Temblé un poco, pero ni el teñido rojo, ni su imagen en la penumbra fueron suficientes para evitar que mirara su rostro de años nobles. Él me miró entonces, casi sonrío conmigo.

Yo continuaba con el corazón deshecho pensando en el dolor de su víctima.

Para entonces Ana ya no miraba el techo, se había perdido entre el humedad del viento artificial y los sudores lascivos - mejor para ella, pensé.

Fue entonces que me descubrío Ramiro, el hombre gordo que estaba sentado al lado izquierdo de Benjamín. Tenía  la barba partida y un anillo color oro de figura desconocida... extrañado de mi visible sobresalto, extendió su mano y me ofreció su anillo. Pero yo enseguida preferí no recibirlo y hacerme la dormida.

Luego llegó Matías,
y ese otro que se llama César,
y Otto,
aquel Galimatías...