martes, enero 23, 2007

Impresionismo

Historia de la cama/1


María siempre ha tenido un cuerpo formidable, propio de un pescadito que nada en la infantil bolsa de plástico, o de una libélula que se escabulle con facilidad una vez que han notado su belleza. Pero un día, y sin dificultad, me llevé a María a mi cama. Nos metimos muy felices, junto con unos pinceles y lienzos blancos.

María me gusta por ese nombre suyo que lo es todo y que al mismo tiempo es nada, por su nombre símbolo, tan delimitado como sugerente. Un día por ejemplo, de los que pasamos en mi cama, me descubro trazándola con una especie de antifaz, luego enjaulada, al otro, como una elefanta o como una medusa, incluso hay veces, después de horas de trabajo, en que sobre el lienzo no se puede ver nada, sin embargo María siempre es María.

Una vez, mientras le hacía un retrato apareció junto con su tío Javier, la llevaba de la mano por el parque del pueblo, corriente de laureles y sol de verano. Discutían sobre un juego extraño que era opacado por las risas de María. Era entonces cuando Cecilia, la tía de la niña, aparecía en la escena- y no para participar en alguna travesura - sino para regañarla por su forma de reír en medio de aquel parque. Desde entonces nada volvió a ser igual entre aquel divertido par, ya que una pena extraña invadió el cuerpo de María y un silencio culposo al cuerpo de Javier; o al menos eso fue lo que ella me contó mientras daba los últimos toques al lienzo. Entonces me di cuenta que sus ojos comenzaban a cuartearse de tristeza, y se fragmentaron tanto que al poco tiempo mi lienzo se deshizo en llanto.

Entonces la retraté de nuevo, lo hice para que ya no llorara pero para cuando quise firmar la obra, María salió de la cama y me dejo totalmente solo, como nadando en una enorme bolsa con agua.