Historia de la cama/3
Marina tiene puesto su traje blanco, y en la mano izquierda trae un peine de madera. El aire del cuarto es intensamente anaranjado, todo lo contrario de lo que ocurre en las mañanas, cuando la humedad punzante quiere atravesar las sábanas. No sabemos si Marina está triste o si sólo se está preparando para meterse a su nueva cama...
A la mañana siguiente Marina se despierta apacible, piensa que es una desgracia haberse acostumbrado a dormir tan poco, pues ahora que hay tiempo suficiente para soñar sus ojos se abren involuntariamente hacia el primer rayo de sol.
Y no han pasado ni cinco minutos desde el primer pestañeo, cuando Marina comienza a observar cómo una plaga de musgo brota desesperadamente de su almohada. Entonces grita de asombro y en su desesperación llama la atención del gato que va pasando frente a su ventana, pero éste, miedoso, brinca al techo chillando como niño recién nacido, lo que en otro tiempo habría provocado el oído morboso de Marina pero que esta vez le causaría una rabia estremecedora.
Ahora Marina intenta levantarse desesperadamente, pero de las sábanas brota una creciente lápida de tierra, y es tan pesada, que no le permite salir fácilmente, así que jala sus piernas con energía, lo que le hace perder la ropa.
Como al medio día, Marina me contó lo sucedido, me maravillé tanto al ver su cama llena de musgo que le hice miles de fotos: de mañana, de tarde, de noche. Aquella cosa era como un ser viviente, bebía, respiraba, trasminaba un olor putrefacto por las mañanas y otro celestial por la noche. Yo no tardé en olvidarme de aquella aberración pero Marina, muy al contrario, comenzó a cuidarla obsesivamente, veía por ella a todo momento y era tanto su brío al hacerlo que hasta una extraña sensación de celos se apoderó de mi mente.
– Marina deberías de ir a la tienda a reclamar, a exigir la devolución del dinero o algo..
– Cómo que acabas de comprar un mueble y de un día para otro se convierte en jardín...
Pero pasaban los días y Marina ni iba por la devolución ni nada, antes bien comenzó a hablar con ella, le contaba sobre mí, sobre el gato de aquel día, sobre su antiguo trabajo... lo que consideré - verdaderamente caótico y enfermo - pero Marina se apresuró a contradecirme argumentando que no me metiera en lo que no me importaba y que el problema conmigo era no saber escuchar... Pero las pláticas entre la cama viviente y Marina me preocuparon cada vez más, al punto que corrí a buscarle un trabajo para que se olvidara del asunto. Tuve suerte, le conseguí una plaza de oficinista, cosa que Marina aceptó con agradecimiento y con una nostálgica ingenuidad.
Una tarde, aprovechando su ausencia, entré al cuarto con el propósito de deshacerme del apestoso mueble, quería azotar el hacha sobre cada una de sus partes, quería quemar los trozos y aventarlos por la barranca, sin embargo todo fue en vano, pues al entrar al cuarto la humedad me provocó un ensoñamiento asombroso, y éste fue tal, que dejé mi empresa destructiva para más tarde. Así que dejé el hacha a un costado, levanté la sábana, y con absoluta despreocupación comencé a soñar.
Desde entonces no sé nada de Marina, ni mucho menos de su cama.
