
Cuentos de la niña perversa/1
Me gustaban los vestidos largos, más debajo de la rodilla, es que yo decía que esos sí eran vestidos de una princesa.
Una tarde la princesa cruel y perversa, salió con sus primas al bosque, un bosque gris ladrillo, cartón húmedo y tierra suelta que se confundía con los tobillos de los animalitos de la floresta. Yo convencí a mis primas para que saliéramos aquel día, uno después del día de muertos, a engañar a los animales que por ahí vivían.
El plan era el siguiente: teníamos muchos restos de dulces del primero de noviembre, envolturas de brinquitos, de bocatis, de sugus, de tomis, así que el maléfico procedimiento era engañar a los pobres animales con piedras disfrazadas de dulces. Entonces buscamos piedritas del mismo tamaño de un dulce y las metimos en la envoltura luminosa, una por una.
Qué feliz me sentía al imaginar a todos esos animales de la floresta con sus caras emocionadas, con el rostro pálido de antojo, al abrir las envolturas de color brillante; qué risotada daba al imaginar el paso de un rostro emocionado a uno desilusionado, al momento de ver que el dulce era sólo una piedra. Reímos mucho mientras disfrazábamos de dulces aquellas piedras, después salimos y nos acercamos a cada casa aventando la trampa a cada animalito vivaracho que paseaba bajo el cielo arenoso.
Así entre risa y risa y después de algunas horas, terminamos de repartir el dulce botín, luego huimos, imaginando no sólo las caras de desilusión de los animalitos, sino pensando que quizá una de esas piedras, disfrazada de dulce, mataría a alguno desgarrándole el gañote