Cuentos de la niña perversa /3Aquel día organicé la boda de Tobías y de Margarithe, eran mis primos. Coloqué el altar junto a un árbol de la casa de mi abuela. Puse un cristo de flores silvestres, me inventé un músico con su tambor, organicé las ofrendas, pedí que llevaran ropa adecuada y que de paso se lavaran los tobillos. Luego investigué cómo podríamos conseguir juegos pirotécnicos.
Para la organización del evento tenía en mano una carpeta blanca, con hojas blancas y pluma, así podía anotar todos los pendientes, actualizaciónes y extras para el festejo. Margarithe sólo se reía cuando le leía lo que debía llevar a la cermonia y Tobías, bueno él no hacía mucho caso a la novia, pero a mí sí me ayudaba con la organización del juego, por eso lo puse a que ensayara unos “cuetes” con la boca, unos chiflidos que se aventaba mi primo, y que sonaban exactamente como eso, como cuetes, el ruido ideal para la gran fiesta.
Una vez resuelto el problema de los juegos pirotécnicos busqué al párroco, sería Beto, el primo más chiquito, y luego a las madrinas, mis otras primas. También hice banquitas para los invitados, cargué piedras y las acomodé junto al árbol mientras todos terminaban su comida, es que yo comí rápido pues todavía había mucho que preparar.
Salieron de comer, querían ir a ver a los puerquitos recién nacidos, pero yo les advertí que llovería y que teníamos que apresurar las cosas o el evento se volvería un fracaso, sólo así me hicieron caso. Entonces di el ramo de flores a Margarithe y la puse en el altar con todo y risas para que se casara con su primo Tobías. No sé qué habrá sentido Margarithe, pero en el momento en que Beto, nuestro párraco, decía las palabras mágicas – Los declaro marido y mujer, mi prima soltó el ramo y se fue llorando a la casa de mi abuela, creo que desde entonces ya no quiso jugar más conmigo.
Se fueron todos los invitados, pero Tobias y yo nos sentamos en las piedras y hablamos de los puerquitos recién nacidos.