domingo, junio 26, 2011

Quiero los óleos que se quedaron perdidos en cajas de zapatos ortopédicos que alguna vez usé, los colores de los que no es fácil esparcir el aroma; la sensación al abrir un tubo de pintura nuevo, junto al pincel sucio, el thinner o aguarrás; quiero el trapo para limpiar los instrumentos que tenía la pequeña aprendiz de pintora.

La misma que ahora se pregunta si de verdad existió el día aquel en que el retrato de las guacamayas de colores -que posaban en el Parque de las Esculturas y que eran sus modelos en la clase de pintura - se convirtió en un amasijo de líneas entrecruzadas, patinadas, deslavadas por el accidente ese en el que se chorreó accidentalmente todo el frasco de solvente sobre su cuadro con aves de colores. Es que se le ocurrió ponerlo justo encima del bastidor... y ante el movimiento brusco, el trabajo de tanto tiempo se fue volando.

Se se sintió tan desahuciada. Ese día de seguro odió a su madre - por insistir en aquellas clases - y a su maestra, que no la dejaba más que pintar esos cada vez más horribles animales. Pensó entonces que jamás volvería a tomar el pincel.

Pero miró su cuadro de aquellas aves multicolores que se habían esparcido dejando sólo el recuerdo de alas y plumas y ya no le pareció tan feo; el mismo que segundos antes buscaba defender su pincel como defienden ahora los megapixeles a los bellos de la piel, las canas o una que otra arruga.

Ese día ella traía un pantalón de mezclilla amarrado con una cinta roja, una playera quizá azul que servía de bata, los zapatos... no los recuerda; y en la mano derecha la paleta de pinturas que desearía justo en este momento tener junto a su ventana, con el bastidor y el lienzo en blanco.

Y quisiera pintar entonces... y pintaría en este momento aquel árbol de naranjas crecido en el fondo del océano que el otro día vio.

Un árbol de fruta amarilla que habrá de perfumar, casi texturizar el agua; su agua cáscara de la que nadie bebe; agua entre algas y peces que vuelan, más enigmatizados que sedientos al rededor de aquel manjar suave dentro del que danzan. Por cierto que algunos de ellos intentan sorber el líquido (y no sé aun qué pasaría). Es una escena entre sal, amarillo, rayos de sol, naranjas en agua.

Luego pintaría el día en el que me voy convirtiendo en árbol, y que de mi cuello (de la parte de atrás) brota una planta sutil, de hojas suaves y andar cadencioso, que nace, crece como enredadera enraizando a la dermis sus hojas multi-verdes (por no decir multicolores); expandiéndose y engañando sobre su lugar de procedencia. Hasta parecer que no sé si me voy convirtiendo en árbol o un árbol en mí.

Para el final dejaría el queso azul, la composición menos referencial al objeto, sería un recuerdo en sí, verlo remitiría a algo; algo de absurdo, de sutil, de glamouroso, de nausea; quizá recordarías lo obsceno, una delicia, o nada. Dependerá del receptor.

Quiero los óleos que se quedaron perdidos en una caja....
aunque tenga ahora una cámara.