Ciudad laberinto, llena de casas, de cosas, de triciclos oxidados, maderas viejas recargadas sobre la cornisa, de techos grises, de viento frío. Está la ciudad tan llena de polvo e imágenes que no miro, que se esconden como sueños que se pierden en el ocaso, en el alba tardía.
¿Por qué se cae está ciudad cada día como a las 6:30 de la tarde?
Sobre todo si sopla un viento sin favor, si sopla sólo a cantaritos, ese viento…
el mismo que tiene días con tragos del mar
otro de aguas secas,
o uno más que de vez en cuando provoca el catarro,
ese que te hace sentir la angustia de mirar al espejo, reflejando otro espejo, otro, y otro.
Catarro muerte,
y luego otra vez cantaritos de agua para disfrutar un día o dos…
o uno más y otro, otro día bajo el techo gris de mi ciudad marchita, desordenada, sin disciplina, mi ciudad laberinto, en la que no estoy.
Porque luego no stoy aquí ni en ninguna otra parte.