Había una princesa gorda y de cabello largo que vivía en una cueva inundada de azul. Junto a ella vivía un manatí de piedra, que incrustados en su piel, tenía todos los juguetes perdidos de los niños del mundo. También ahí vivía un duende azul, de barbilla puntiaguda y ojos grandes; que tenía el cabello lacio y que todos los días intentaba seducir a la princesa.
Un día, mientras la princesa estaba sentada en una estalagmita de agua, pasó volando el duende y entre las olas le volvió a decir que la amaba, pero ella esta vez no sólo se rió como todos los días, sino que se le quedó viendo durante un largo tiempo.