domingo, marzo 23, 2008

Lluvia

El amanecer del día en que regresábamos a la Ciudad de México era dorado, el sol naciente al lado izquierdo me hacía recordar los maravillosos instantes que habíamos vivido durante la semana entera, los pueblos indígenas, las fotos, las pirámides, el calor insoportable que aun así me dejaba tomar tu mano, verte el cuello.

Ya para ese día nuestros cuerpos estaban cansados de la vigilia siempre deseada, del sudor, de las maletas, pero una satisfacción entera nos inundaba. - Lo habíamos logrado, ocho días, dos estados, pizzas, cerveza incesante, varios autobuses, el avión de regreso... y dos volcanes nevados que limpios recordaré para siempre.

Pero ahora, ahora es tan difícil llegar a una estación y saber que no estarás ahí...