sábado, julio 14, 2007

El de los gusanos, el de las llaves, el de las maletas

Nunca se notó la manera en que te amaba, ni siquiera los gusanos se dieron cuenta, ni las mariposas blanco pastel, ni las moscas naranja - nadie, ni yo me di cuenta, sino hasta el día que entre broma y broma me puse a jugar con los hilos que estaban en mi casa y apareció tu gato. Sería por eso que llegó tan entusiasta él, por los hilos, hilos morados y rojos, que revolvía y desenmarañaba entre mis cabellos; entonces reí, reí hasta que entre gemidos escuché la voz gata decirme al oído – que no pesan las nubes, que no pesan, me decía él, pero yo reí todavía más, al menos hasta que las nubes se me desbarataron y rodaron por las mejillas, por los labios, por el cuello - y yo las secaba estoy segura, pero ellas seguían fluyendo, entre los hilos, entre tu gato, entre mis nalgas. - Que no pesan las nubes…


La primera vez que escondí las llaves tendría unos seis o siete años, las metí en una cajita: las llaves tuyas, las de mi hermano, las de el señor grande, las de la vecina del trajecito azul, que luego nos visitaba – que dónde están las llaves me preguntó ella, entonces fui y le traje unas llaves de plástico que me habían regalado de cumpleaños, luego me escapé. – Que dónde las llaves, dijiste tú, entonces corrí a la cajita y vi cómo resplandecían las llaves. Pero yo no les entregué nada y de todos modos vi cómo la tarde se empezaba a ir entre nubes negras y naranjas, para ese entonces ya nadie estaba en la casa.
Estabas sentado en una banca marchita, tenías la maleta, la barba linda y el boleto para abandonar México; pensé que debía seguirte, ir de viaje contigo, confesar que te había soñado hace un par de años sin siquiera conocerte.
Entonces, sin que tú lo supieras, compré mi boleto y una maleta grande. Me fui a Berlín, a Roma, a España… te busqué en los más excéntricos hostales, en bibliotecas, en los museos más solemnes, en minúsculas salas cinematográficas, olientes a sopa y mar, pero desgraciadamente nunca pude encontrarte.
Una tarde, ya de regreso en México, me acerqué a la esquina de tu antigua casa, pero el aire estaba tan magenta y tan lleno de hojas sueltas, que reconocí el final de mi travesía, el sueño había terminado.