La primera vez que escondí las llaves tendría unos seis o siete años, las metí en una cajita: las llaves tuyas, las de mi hermano, las de el señor grande, las de la vecina del trajecito azul, que luego nos visitaba – que dónde están las llaves me preguntó ella, entonces fui y le traje unas llaves de plástico que me habían regalado de cumpleaños, luego me escapé. – Que dónde las llaves, dijiste tú, entonces corrí a la cajita y vi cómo resplandecían l
Estabas sentado en una banca marchita, tenías la maleta, la barba linda y el boleto para abandonar México; pensé que debía seguirte, ir de viaje contigo, confesar que te había soñado hace un par de años sin siquiera conocerte.
Entonces, sin que tú lo supieras, compré mi boleto y una maleta grande. Me fui a Berlín, a Roma, a España… te busqué en los más excéntricos hostales, en bibliotecas, en los museos más solemnes, en minúsculas salas cinematográficas, olientes a sopa y mar, pero desgraciadamente nunca pude encontrarte.
Una tarde, ya de regreso en México, me acerqué a la esquina de tu antigua casa, pero el aire estaba tan magenta y tan lleno de hojas sueltas, que reconocí el final de mi travesía, el sueño había terminado.