lunes, octubre 02, 2006

POST GORE

Fisura en el metatarso número 5 de mi pié derecho. Han pasado casi tres semanas desde el fatídico suceso.



México, la ciudad de la esperanza, 4 de la tarde.

Todo comenzó en la oficina, cuando Edgar (era el día de su cumpleaños) propuso ir a comer a “La casa del Arte” un lugar muy cómodo ubicado en la colonia Juárez, todo lleno de cuadros extraños pintados por la mano de un artista irresoluto que va del paisaje a la caricatura pornográfica y de los colores absurdos, a los chiles en nogada y el agua de horchata.

Ciertamente no recuerdo qué comí aquél día, ni qué comió Francis, ni Edgar ni Luis Miguel, mis compañeros y amigos de trabajo, con quienes iba. Lo que sí recuerdo es la atípica presencia de Nicky Clan y de Digital 99.3, en un lugar como ese; así como el anecdotario de aquella mañana. Pues ha de saberse que la hora de la comida, entre trabajadores de computadora y escritorio, no es sólo momento para nutrir la tripa, sino el momento catártico donde nos deshacemos del síndrome oficinistico.

Aquel día, después de una hora de auténtica autoayuda, salimos de aquel increíble lugar. Yo caminaba con una revista en italiano que acababa de comprar, estaba feliz, casualmente hablaba sobre los portugueses en oriente y de sus grandes narices, cuando de repente la luz, el aire y el sonido me abandonaron. La causa, un desnivel que se atoró frente a mi pié derecho.

Después no supe bien qué sucedió, pero al poco rato Luis Miguel me echaba aire tratando de evitar el desmayo total, Francis me decía lo sorprendentemente blanca que estaba y Edgar hablaba de algo absolutamente irrecordable. Luego sentí que se me venía el mundo encima con sólo imaginar cómo serían los días siguientes.

Es que es la tercera vez que me sucede (bueno las otras dos fueron esguinces, o sea estiramiento del tendón) y enfrentar una ciudad como esta, con alguna especie de discapacidad, pues está complicado. Y pensar que hay gente que en verdad, cada día, y de quizá su vida entera, tiene que lidiar con el accidentado urbanismo

En fin, que para no hacerles el cuento largo, después de andar al ortopedista, a la doña que soba, después de poco más de 15 recomendaciones de desconocidos, de conocidos, de buenos detalles, de que no me den lugar en el transporte público; después de la sábila caliente, de los fumentos de sal; después de la pomada de la abeja y de la abuela... llegó a mi vida la “Bota Robocop”.


El invento oriental que sustituye al rompible y pesado yeso, el único que atrae a múltiples miradas, que sorprende a unos y que preocupa a otros, el único que a pesar de la rareza y de la visible incomodidad que representa para el usuario, no es suficiente para levantar los traseros cansados que a las 8 de la noche miran extrañados a la chica de la bota rara, la bolsa grande y la cadera en descenso; es que es ésto lo que lo hace tan difícil, el desnivel de ambas piernas.

Apenas llevo una semana con el nuevo invento y sinceramente espero que pronto pueda disfrutar plenamente de esta ciudad y de lo cotidiano.

(En algunos días me quitarán esto y neta pues sí sirve. Así que si saben de alguien que la necesite luego, con gusto rolo la bota)