lunes, octubre 02, 2006



El World Trade Center de Oliver Stone.

Ayer, sin saber nada de la cinta nos metimos en la sala no. 5 de Cinépolis Plaza San Mateo. Cuál sería mi sorpresa esta mañana al darme cuenta que ésta es una de las películas que por alguna extraña razón me ha sobre impactado, la causa: mi recién nombrado, "morbo cinético".

Es que dejando de lado todo el escándalo terrorista-estadounidense (soy partidaria de llamar al 11 septiembre, autoatentado) la caída de las torres en sí, me intriga y me llena de angustia.

Es que la gravedad, la aceleración de los más de 200 pisos, la presencia y extinción del fuego, así como la vulnerabilidad del ser viviente, su condición orgánica, son causa de mi acalorada incertidumbre y de los escalofrios que tengo al recordar la cinta; así como de inventarme situaciones de caída libre y movimiento en aquel mounstro arquetectónico.

Me inventé por ejemplo, en la madrugada, la posibilidad de túneles dentro del escombro, de gente perdida corriendo entre ellos y sin posibilidad de escapatoria; me inventé escenas, de precipicio, de papeles de oficina, de piernas, de un infierno inconcebible en la pantalla grande o aun más en nuestra imaginació.

Después de 129 minutos de película salí caminando con Enrique y, debo aceptarlo, un par de lágrimas atoradas todavía me amenazaban.



Escribo estas líneas en un sexto piso, del edificio ubicado en Avenida Reforma, miro a mi alrededor y pienso la mejor forma de escapar de los vectores, de la gravedad, más aceleración, más peso… escapar de la vulnerabilidad del cuerpo.

Justo detrás de mi hay un pilar de esos que sostienen la construcción de mediana altura. Me pregunto qué tendría que hacer para librar algún fatídico suceso, para lidiar con las fuerzas divinas que pudieran tirar el edificio, o con la inclemencia humana que podría atorarnos en este armazón de cemento.