martes, abril 04, 2006

Ensayo de un policía


María Luisa escurrió su pelo después de haber tendido la ropa limpia de la abuela, se quitó las sandalias y la ropa mojada.

Ramiro leía un viejo almanaque . Luego se fue la luz.

Pero Ramiro no conoció a María Luisa aquella noche de luna, sino hasta la mañana siguiente, en que vendiendo seguros, fue a dar a la azotea de la guapa.

Ramiro era un contemporáneo de traje gris, portafolios, y revista con las mejores predicciones zodiacales; un estudiante de medicina que a falta de licencia, se había puesto a vender seguros con un celular en mano, firmas y el más puro discurso de persuasión.

Por otro lado María Luisa era una mujer de poco más de treinta, con una buena garganta eclesiástica, una garganta que había asistido inútilmente a más de 70 concursos de canto en televisión y radio, para luego declarar que había nacido sólo para la música sacra. Eso era cierto, nada le iba tan bien como los coros de la iglesia, pues su voz era justamente lo que una novia ilusionada pretendiera para aquella ocasión. Pero en realidad María Luisa ya estaba asfixiada de todo aquello.


La mañana anterior a los trágicos sucesos.

Ramiro ahora se levanta, mira el reloj, le parece que cada segundo corresponde a una fotografía eterna. Prende la radio. Con la barbilla sin afeitar y unas trusas pasadas de moda, se dirige a la cocina; se alegra cuando el gato, que por ahora es su única compañía, se acerca a pedirle de comer. Ramiro, todavía con ojos de noche, mira al triste gato blanco mover la cola. Entonces un chorro de agua resbala por su ventana. Es María quien lava los primeros lienzos.

Después Ramiro sale de casa dispuesto a trabajar. Baja las escaleras, el crujir de la puerta le avisa que ya está fuera. Así, mientras el sol todavía bosteza y las vecinas modorras de todos los días salen a tirar la basura, Ramiro ve a María quien tras escurrir una tela blanca mira solemne al vendedor.

Aquel día Ramiro no vendió nada pero al regresar a casa, pasadas las diez de la noche, decidió visitar a María.

Ella está de nuevo en la azotea, de nuevo frente a la luna vecina, estira los lienzos. Sorprendida mira a Ramiro, sonríe. - Buenas Noches, que si se puede pasar, pregunta él. - Si, responde ella, nada, dice la abuela que para entonces dormía entre fantasmas y jaquecas de antaño que todavía vivían de su memoria.

Aquella noche María compra un seguro para su abuela quien en esos años era una pesada carga para una sola mujer; pues sus tías no estaban en el país y prefirieron no regresar por mucho tiempo sino hasta la muerte de la anciana.

El negocio se cierra esa misma noche, con una frase reconfortante: - es lo mejor para ella, dice él.

En esa misma hora creen enamorarse profundamente. El chico seduce a María. María, con su voz angelical, comienza a amarlo. Y Ramiro cuenta historias de almanaques chinos, griegos, árabes que su abuelo le regaló hace muchos años. Y María, urgida de cantar, canta a su oído los villancicos más suaves que ahora recuerda.

Pero un segundo basto para lograr el último cuadro de esta historia.

El gato de Ramiro, loco de inanición, sube a la azotea. Maúlla como una fiera que participa del rito de apareamiento entre los de su progenie. Arremete contra los noctámbulos, quienes antes de invitarlo a la ceremonia, lo lanzan contra la silla de la abuela. El gato incólume quiere regresar al tálamo improvisado. Pero en el intento se revuelve con pinzas, ganchos, lazos, sandalias, un vestido mojado.

Una cosa blanca que parece pelear contra sí misma danza en torno a los amantes. La abuela charla con demonios del pasado cuando el felino arremete contra ella. Ahora María corre desnuda tras el gato. Ramiro se queja, mira la escena y la maldice mientras se corre de espanto.

María resbala. El suelo húmedo golpea sus talones. El gato y la abuela están atascados entre lazos de yute y sábanas blancas. El lazo asfixia al gato, quien en su desesperación enreda a la abuela en el mismo tumulto. El gato muere ahorcado. La abuela se precipita, también muere.

Ahora en la escena hay un gato muerto entre aromas a suavitel y vel rosita, una chica desnuda a las tres de la mañana. Una abuela muerta.

Hasta hoy ni Ramiro ni María han podido cobrar el seguro, todo apunta que María, inconscientemente, quiso matar a su abuela; todo apunta que Ramiro era el perfecto cómplice. Del gato no podemos decir nada.