domingo, enero 29, 2012

¡HOla Blog!

He pensado que debería hacer un puente y continuar en otro espacio. Quizá ahora que se me ocurra otro nombre quizá berenjenasenalmibar.blogspot.com o simplementepatricia.blogspot.com jajaja, o... en fin.

Tres imágenes para ahora.
Izcalli, tarde fría.


UNO

Disfruto del alcohol se me sale por la boca en forma de risa, que canto imágenes prohibidas o sueños oscuros, danzar; y disfruto más ver cómo mientras eso sucede el discurso tuyo y el mío salen formando redes que se conectan y crecen sobre nuestras cabezas, redes que quieren pescar en el aire fotos o imágenes que después habré de capturar.


He de aceptar que entonces suspiraré como sucede con cada foto que hago, y que muchos suspiros en realidad no son nada, y que esa nada es un universo basto por llenar, tan basto como el mundo que visito en cuentos, en sueños, en raros instantes fotográficos o cuasi fotográficos; y diré ahora que disfruto también el aire, el mismo de cuando corro sobre el pavimento mojado o seco, o del que entra por los pulmones acompañando la gracia de haber descubierto alguna otra cosa, algo como la sensación de la tierra entre las piernas o la de la sublimación de supuestos maratónicos fines de semana de imparables películas que se mirarán sólo por el gusto de mirar una, una más , quizá otra; justo como una ciudad o un pueblo más, un libro más, un instante más.


Y después juzgarán las voces si acaso observan esto como pretensión u obscenidad, lo que sin duda no es objeto de este descrito.



DOS



Celebro la gracia de quien gusta de dibujarse a través de fotos y palabras, celebro la mirada egoísta de quien dice “así soy y qué”, celebro también a quién así ‘trazado’ se distingue o se encuentra en el tumulto de la masa; tendencia continua de creatividad y decoro, tal vez contrariedad o tendencia a cuidar la moral, según juzgue el contexto.


Refiero a aquella creatividad de ser y a la vez esconderse en el rellano de las sonrisas, las uñas pintadas, o los pantalones rotos. Pero por qué no he de celebrar así pues la propia gracia, ni la de decir “así soy...”, ni la de “así no soy...” - por qué me parece tan paranóico el acto. El acto máscara, el acto Persona. Aquel de ser-se o hacer-se para sí mismo en paradójico afán de, para los demás-para mí.


Contrariedad en sí en mí misma, que detiene mi acto de dibujarme, para estacionarme en la ansiedad que me presenta el tumulto, la masa; insaciable de imágenes, de discursos del ser. Angustia. Siento angustia.



TRES

Después de varias noches volvieron las orugas a las escaleras de mi casa. Yo iba descalza, no traía ni los zapatos de tacón que había dejado en la bolsa de plástico rosa, ni las sandalias. Como todas las noches andaba desnuda, pero esta vez cierta luz gris me dejaba ver el rostro de una gorda y expresiva oruga. Parecía que me hablaba, quizá me habría dicho que no matara a las demás orugas que habían salido en los escalones o que no tratara de quitar con mis dedos blancos el yerbajo húmedo que habitaba en toda la casa, es que temía por su progenie.


Yo en realidad, intenté sólo quitar un par de hinchadas hojas verdes que se aferraban al antes gris pavimento de la escalera, pero no insistí era sólo un acto de ocio; pues lo que me preocupaba más era subir, llegar a la bolsa donde había guardado mis zapatos, aquella que minutos antes me había sorprendido por la cantidad de cochinillas que estaban dentro de ella, junto con mi calzado. Era quizá más de un kilo de éstas, algo totalmente escatológico y vergonzoso, sobre todo cuando me di cuenta que Laura estaba ahí mirándome, incrédula de la imagen en que me encontraba.


Probablemente debí morir entonces de cierto asco compartido, pero era más grande mi deseo de portar aquellos zapatos. Llegué arriba, entré, busqué y vacié la bolsa, pensé que no debía perjudicarme el hecho de tocar aquellos animalillos que al querer evadirlos parecían no terminar de brotar nunca de aquella bolsa; por cierto que con ellos venían también otros que no logro identificar con nombre, eran como una especie de frijoles vivos que aparecían en cantidad exorbitante.


Entonces fui al baño, traté de matarlos enviándolos por el caño, pero no terminaban, parecía que nunca lo habrían, incluso unas plantas de tamaño ilógico salieron de la misma bolsa. Y por fin, después de toda aquella exageración ahí estaban, los zapatos negros de tacón que recordaba ahora habían sido tan caros. Me alegré y aun temiendo mis manos con residuos de cosas vivas me subí en los tacones. Laura me miró entonces, no comprendíamos qué había pasado, ni qué hacía ella ahí, ni por qué yo actuaba casi como si nada, pero ninguna de las dos hizo algún comentario.


Me sequé las manos, me sentía preocupada por el lavabo tapado de aquellas inmundicias, y por supuesto un tanto apenada. Pero salí por las escaleras, ahí seguían las orugas, las hojas hinchadas de verde. Caminé con cuidado para no pisarlas, el sol gris casi ciega mi mirada. Yo aun estaba desnuda y con el cabello extrañamente corto e inexplicablemente mojado. Levanté los ojos, después de un rato, se acabó la noche.