Era flaca y linda y extrañaba los sueños y los vestidos de fango verde, y las lunadas de baile en un bosque lleno de hados y duendes de los antiguos tiempo; los extrañaba porque le habían acompañado tanto tiempo de ocio y de viajes a mundos inexistentes, sueños navegantes, con ballenas gordas llenas de dulces y juguetes incrustados. Pero para ese tiempo ya no estaban ahí, amenazaba todo con irse.
Y en su lugar le dejarían una oficina con fantasmas de ciencia, de físicas cuánticas aun irresueltas, de nostalgias de gusto, de alcoholes, de devaneo entre la bahía constante y el concreto de ciudades vividas, imaginadas, o de las que le (hubiera gustado) gustaría conocer.
¿Por qué en ese momento no tomó un autobús y se fue a alguna ciudad prohibida? O ¿por qué no continuó con la sed insaciable que se vaciaba a veces, con paseos sobre el concreto, relatos de viajes, desvaríos cibernéticos y uno que otro libro sobre insectos y teorías astronómicas?
Ella ya no sabía por qué no lo había hecho, o por qué no lo hacía, sólo sintió el filo del tiempo, la orilla de sus pensamientos, el ocaso amenazante antes de saltar a ser nueva de nuevo, sentía el aire moverse a su alrededor, la música oriental y las sombras de deseos obscenos como el de bailar en el auditorio impregnado de hashish, azahares, ropa suave y escasa; o el de perderse en el mundo para hallar fotografías, tantas como fuera necesario para traducir su ojo; quizá también el deseo de enloquecer entre la maravilla de la ciencia, y el surrealista y garraspeante obsesión del científico; o de un viaje ácido entre sinapsis moradas, arañas, maleza, fango, fibras podridas, ríos nilo...
Y ahora ella está ahí sin saber qué hacer con el equilibrio, con la punta el pié sobre el peldaño, el aire fresco y la cima desde la que se haya viendo cómo pasean los gatos.