Es que no es SENTIR…
es ver llegar la mañana e imaginar cómo sería si fuera compartida,
es pensar en el cuello, en el cuerpo brillante
y de nuevo sonreír.
Es saberte luego tentadoramente ajeno a mi cuerpo
o tan paradójicamente inmanente a mí.
Es el aroma que se inscribe
y yo procurando guardarlo para el frio, para el sueño, o para la sed.
Por eso digo que no es sentir,
que es más bien tú hablando de qué es un beso
o de Morelia; y yo imaginándola parecida a ti o a mí;
qué es luego…
- tú soñando un jardín
- tú preguntando sobre el futuro
- o yo tratando de analizar el sueño.
Por eso digo que no es sólo sentir, sino más bien algo parecido a SER;
como ser en el aire,
ser marea y agua;
ser en el tiempo,
ser un puente,
ser el universo.
… y es ahí donde murmura el miedo,
pues SER, súbitamente amenazaría con desaparecer, para convertirse más bien en estar.
Estar en su dimensión, tan absoluta, trascendental, andrógina…
ESTAR.
El punto en el que la Teoría del Todo, el Big Bang, o de cierta Singularidad, quisieran saber de predicciones, de oráculos y demás tentaciones, sólo para sin más hacerte recordar que no siempre se puede predecir, y que todo lo que discurre, lo que se siente lo que es, no es más que un paliativo para los terrestres.
Sin embargo, de vez en cuando (o quizá muy seguido),
un duende blanco instigue al deseo de ser como un Dios,
entonces no quedará otra más que la desafiante aspiración a ESTAR.