Anélida respira por la piel y tiene dos corazones, come gusanos, crustáceos, larvas y renacuajos; le gusta vivir de ellos y de los ruidos que hacen. Antes de devorarlos les hace creer que sus sonidos son los mejores que jamás haya escuchado, les dice por ejemplo que la música de sus gargantas al recitar una poesía es la más exquisita que jamás haya oído, o les dice que las notas producidas por sus gónadas son como el mar tranquilo de tiempos remotos, tan remotos como las moléculas de carbono que a ella misma la componen.
Así es Anélida, vive de su comida, de sus retículas, epidermis y de sus ruidos, porque en realidad eso es lo que le interesa, sus ruidos; y es que Anélida antes de ser una excelente depredadora es una excelente melómana. Entonces un día escucha un sax y se pega al animalillo cual ventosa; luego se va y engulle sonidos diversos, tan diversos como aquellos que casi nadie recuerda, como los de un aerófono, un membráfono, o un cordónofo, entonces come extasiada; y otro día encuentra una presa que suena a rock cubano o a metal brillante – y le hace creer a la presa que sus notas son las mejores, así el proceso resulta más fácil para todos...
Por eso detesto tanto a Anélida, sobre todo cuando una de sus víctimas antes de morir se siente extasiada al iluminar los oídos de ésta, cómo si iluminar a Anélida fuera una virtud exquisita.
Yo no recuerdo cuando comenzó Anélida con esta terrible patología, sólo recuerdo aquel día en el salón de clases cuando entre todo el barullo de polillas y escamas flotantes discernía sobre la relatividad del planeta y se dejaba acariciar la punta del cabello por Raquel, entonces ella la amaba tanto.
Así es Anélida, vive de su comida, de sus retículas, epidermis y de sus ruidos, porque en realidad eso es lo que le interesa, sus ruidos; y es que Anélida antes de ser una excelente depredadora es una excelente melómana. Entonces un día escucha un sax y se pega al animalillo cual ventosa; luego se va y engulle sonidos diversos, tan diversos como aquellos que casi nadie recuerda, como los de un aerófono, un membráfono, o un cordónofo, entonces come extasiada; y otro día encuentra una presa que suena a rock cubano o a metal brillante – y le hace creer a la presa que sus notas son las mejores, así el proceso resulta más fácil para todos...
Por eso detesto tanto a Anélida, sobre todo cuando una de sus víctimas antes de morir se siente extasiada al iluminar los oídos de ésta, cómo si iluminar a Anélida fuera una virtud exquisita.
Yo no recuerdo cuando comenzó Anélida con esta terrible patología, sólo recuerdo aquel día en el salón de clases cuando entre todo el barullo de polillas y escamas flotantes discernía sobre la relatividad del planeta y se dejaba acariciar la punta del cabello por Raquel, entonces ella la amaba tanto.