Miedo a la Caducidad
A veces nos pasa, simplemente vienen los fantasmas y no nos dejan ver hacia fuera, ni tirar una moneda a la fuente, ni jugar las cartas como si fuera la primera vez que lo intentáramos. Y es que cada vez que intentamos otra jugada llegan los aromas a tiempo – con todo y la iluminación de aquellos días – o llegan las sombras, las horas de sistemático café que se repite deliciosamente, y los domingos de música, o ciertos ojos que me recuerdan a los míos.
Pero por qué no sólo abrir la ventana, y preguntar nuevamente en dónde comienzan los días, o dónde la noche, o qué se siente cuando se caen las hojas por primera vez, o cuando no llegas a una clase.
Quizá es que en el fondo lo que se tiene es miedo, un incontenible miedo a la Caducidad, a ya no poder bailar de nuevo, a ya no oler de nuevo; un miedo en el que ni conservadores, ni prisas, ni más ventanas que se abren, pudieran detener que esta vez sí se termine pudriendo el corazón.