Sandra y Armando se conocieron el día aquel que llovió tanto. Ella traía una sombrilla de colores que al desplegarse llamó la atención de él; y era tanta el agua y tan gris su duelo, que a Sandra no le quedó de otra sino de compadecer al hombre de los ojos tristes que para entonces ya inventaba justificaciones para mirar los talones húmedos de la chica. Segundos después, todavía entre la tanta agua, comenzaron a secretearse historias complicadas, complicadas como espejos de hotel, y como las tantas madrugadas - cuando entre música y vino tinto - comenzaban a morderse los labios hasta el punto de ebullición; o como cuando por resultado del ocio, comenzaban a comerse y a meterse los dedos hasta convertirse en un charco de saliva y sangre que no terminaba de evaporarse sino hasta que aclarara el sueño.