"Eso del infierno es sólo para chantajear... yo no creo en él, porque sencillamente ¡no existe!.." dijo Leticia a su joven tío que para aquellos momentos se disponía a convencerla sobre los requisitos para acceder a Paraíso, donde según decía, podría ver a su madre recientemente muerta.Sin embargo, Mauricio, el joven tío, no sólo intentó durante un par de horas que a la niña de ocho años se retractara de tal afirmación, sino que además le habló sobre las promesas del Edén, como la abundante miel y leche que corría por sus blancos senderos, como los divinos y continuos cánticos dedicados al Señor, o como la felicidad en exceso; pero Leticia sólo lo miraba con fastidio.
También figuraron en el discurso amenazas y fabulosas descripciones del averno, es que - si no buscas al Cristo, irás al infierno - dijo mientras imitaba con voz y cuerpo los gemidos de las almas pecadoras, de ojos cocidos, cabezas enterradas en el piso, ríos de muerte, ¡fuego!, torbellidos de pecado... a lo que Leticia respondía con fascinantes carcajadas.

Luego, desesperado, Mauricio intentó con argumentos extraídos de la gaya ciencia - Los norteamericanos han hecho expediciones hacia el núcleo del planeta Tierra, donde las temperaturas son realmente extremas, pero no lo suficiente como para exorcisar los males del alma... y ni qué decir de los rusos y sus notables investigaciones para captar ondas acústicas del averno subterrestre... - las anteriores consideraciónes, decía el tío, eran evidencias infalibles que demostraban que el infierno sí existía. Pero Leticia, con la ansia de echarse a correr y todavía con residuos de carcajada, afirmó que tampoco creía en la ciencia y le repitió a su tío que de todos modos no creía en el infierno y que por tanto no quería saber de requisitos para evitarlo. Fue entonces cuando una absoluta pesadumbre y desconsuelo corrió por el rostro de Mauricio.
Lo que él no sabía era que la niña, desde tiempos remotos, sentía una gran intriga por ir al centro de la tierra, donde por extraña razón suponía, sería todo idéntico a la superficie terrestre, con luz y gente, pero también con grandes reptiles que al amontonarse se convertían en fuego; por otro lado, lo que ella quería no era precisamente ir a ver a su madre muerta, sino traerla de vuelta a la Tierra.